Relatos de Poder sin Poder (II)


O de como vi el corazón del temazcal.










“Con la misma facilidad con la que te digo que todo esto podría ser una historia –continuo Don Juan- te puedo decir que es una idiotez. Te puedo decir que esa historia es como el chupón que se les da a los niños que lloran. Esa historia es para los que lloran con el silencio de lo abstracto”



Antes que nada tengo que señalar que si bien en otra época me llegué a ganar el apodo de “el sobrino de Castaneda” dado mi otrora irredento fanatismo nagualico, hace años que me caí de la cama, o que me desayune pues con mis propias expectativas-frustraciones. Para decirlo en pocas palabras, considero que en el ámbito de los caminos místicos o del conocimiento interior, existen sólo dos tipos de perfiles; el de los charlatanes deshonestos, entre los que cuento a Carlos Castaneda, y el de los charlatanes a secas, entre los que me cuento a mi mismo. Así de radical. Esto por supuesto, en el trasfondo de lo que podríamos llamar el impulso a la incontinencia verbal frente a la fenomenología de lo inenarrable. Así que, si esto te pica, me disculpo contigo querido amigo “hipócrita lector”, pero o bien te rascas a gusto, o bien te puedes ir muy a la chingada que para eso está la libertad de culto. En todo caso, matizando, diré que con tal distinción marco una diferencia explícita que usualmente no se hace, entre el charlatán y el mentiroso, charlatán es alguien que habla sin saber, o como en este caso, sin poder dar cuenta de cómo sabe lo que sabe, entonces en este ámbito de fenómenos místicos, resulta que nos encontramos con que no podemos, constitutivamente, dar cuenta de lo innominado, al menos sin reduccionismos o sin apelar a principios explicativos ajenos a la praxis del vivir. Explicaciones que por lo demás no son necesarias cuando no tenemos la pretensión de legitimación. Y otro cuento distinto son ya de plano los charlatanes deshonestos abusadores, que infelizmente abundan en este ámbito. Bien, luego de esta digresión aclaratoria o como dicen en mi tierra, luego de poner la carne en la parrilla, vamos a darle fuego a la cosa. 

Este suceso aconteció bastante antes que el del anterior relato de poder sin poder, digamos que entre el 2002 y el 2003, mientras continuaba mi entrenamiento en la Disciplina (¿Tolteca?) durante mi larga estadía en México. Uno de los nombres fue cambiado por una cuestión ética y estética, y los diálogos expresan lo fundamental de lo ahí dicho y oído, pero son una reconstrucción que hice a posteriori, hace años si, transcribiendo mis, mucho tiempo desestimadas, notas de campo. 

Rubén, brujo de lujo pero tan charlatán como cualquiera, era por ese entonces nuestro indisputado maestro en las artes del camino del guerrero, y con quien aprendí los rudimentos del temazcal y del baño de vapor del brujo urbano. Pero un día entre los días, después de hacerle un comentario al paso sobre el hecho de que me parecía que nuestro trabajo con el temazcal se estaba, después de casi seis años, poniendo un poquito rutinario, me miro con fingida seriedad y dijo: 

 -Órale cabrón ¿quiere el señorito a alguien que le de más diversidad, mmm?- 
-No no no- le dije yo apresurándome a evitar las ya clásicas represalias que solían tener algunas de mis, sin querer queriendo, salidas de madre. 
-No si pa eso estamos pues mis chavos fresas- dijo con malicia mirando a los otros dos aprendices del grupo con que andábamos en el mercado de Sonora, y añadió -¿alguien va a querer compartir la lección de su compañero?
- Un largo silencio por respuesta dio al traste con mi esperanza de compartir un “mal de muchos consuelo de tontos”. 
-Ya me cargo la verdolaga- pensé para mis adentros, sin embargo muy ufano dije: 
 -No hay pedo maestro, yo le entro, que pa eso soy joven todavía- 
-Y tonto- dijo por lo bajo uno de mis condiscípulos, con lo que todos rieron, menos yo. Pues bien, ahí quedo la cosa varios días, hasta que una noche de viernes, sin decir agua va, me llama por teléfono Rubén y dice: 
-Ya mijo, esta todo arreglado, mañana en la madrugada tienes que partir a un lugar que te voy a indicar y encontrar a Doña Cornelia, ella te va a enseñar como está el pedo con la medicina del temazcal tradicional ¿Estamos?- 
-Es que maestro…- 
-Es que nada. –interrumpió cortante- ya dije ya. Y si no le gusta váyase olvidando de ir al próximo peregrinaje ¿me entendió?. Y lo que ahí pase queda entra usted y yo, si le cuentas alguien te va a ir como en feria cabrón.
- Obviamente después no resistí contarle el desenlazase de todo al Juanpa, mi fiel camarada. Pero eso no lo supo Rubén, al menos hasta ahora que ya no importa un carajo. 

Ahí estaba yo y mi sábado, tan anhelado después de una semana de exámenes universitarios, que planeadito para echar una sabrosa hueva, se me fue a las pailas. No había de dos sopas, así que mascullé un –Bueno ya- con evidente desgano, y no poco temor por el panorama que me esperaba. Rubén no pensaba acompañarme, y él sabía que yo odiaba que me mandaran a mi sólo a conocer gente, aunque fueran “abuelos”, mas bien dicho, especialmente abuelos, sobre todo después del ultimo encontronazo, que quedará para otro relato. Eran las típicas leseras de uno, peculiaridad de mi carácter, que no me gustaba pero era mas fuerte que yo, pasa que me ponía tímido como quinceañera en baile, lo cual usualmente sólo complicaba más las cosas. De todas formas, algo en mí vino al rescate y luego de aceptar mi destino recupere algo la sobriedad y hasta me dieron ganas de saber como iba a terminar todo, capaz que esta vez me iba bien y conocía una bruja de las buenas, como las que contaba Castaneda, una curandera ensoñadora que se convertía en bola de fuego y que se yo. Pues bien, resulta que tenía que ir al Estado de México y encontrar un pueblo que se llama Temazcaltitlan y estar a mas tardar a las 9:00 am en la puerta de un changarro donde vendían implementos para casería que se llamaba: “El incauto”. Nombre que, por supuesto, no me pareció ninguna buena señal. Durante la noche investigue en internet para saber más del pueblito, y oh, sorpresa, el nombre era un clásico del tipo Tula, es decir, habían por lo menos cinco temazcaltitlanes, por suerte sólo uno en el estado de México. Y Claro, el mas famoso era el de la época prehispánica, donde supuestamente se asentaron un tiempo los mexicas antes de fundar la esplendorosa ciudad de Tenochtitlan, y donde temazcalearon un buen, y donde según las crónicas habían venido a parir las princesas aztecas. Bueno, para hacerles el cuento cortó, llegué en bus a Temazcaltitlan y me puse a buscar la tienda. El día estaba hermoso, un entorno rodeado de cerros verdes, algunos bosquecillos por aquí y por allá, y todo lleno de flores diversas bailando al sol bajo el azul de un límpido cielo. Me sentí muy animado y hasta desestime mis temores de la noche anterior, que vergüenza ni que nada, para eso era yo un hombre pensé, y además un guerrero, que va si hasta un nagual me sentía! Eso es lo malo de la mañana, lo pone a uno muy optimista, y si uno está medio pendejo pues peor tantito. Dos horas después, seguía dándole vueltas al pinche pueblo y nada, eran las 11:30 y el optimismo había huido como yo mismo quería huir, y lo pensé, dejar ahí la cosa y chao pescao no mas. Pero de pronto, habiendo vuelto sobre mis pasos, cerquita de la entrada al pueblo, por donde ya había pasado dos veces buscando, me encontré frente al añoso letrero de “El Incauto”, y en una silla mecedora, un viejecillo como de ochenta años me miraba con una rara atenta indiferencia.

-Buenos días señor, busco a Doña Cornelia.- 
 -Buenas noches serán –retruco él- ella te estaba esperando pero pos ya se fue pa entro.- 
 -Chale!- sentí el corazón en la garganta, y con esta apretada le dije en un tono medio chillón. –Es que sabe, me anduve perdiendo y no vi el letrero- 
 -Chasqueo la lengua y dijo groseramente -Si serás burro pues, mira que estas viendo y no ves
Me reí con una de esas risas tontas y forzadas, típicas de cuando me ponía nervioso, y le pregunté si podía todavía ver a la doña. A lo que contesto: 

-Pos no se, si ni mirando viste el letrero capaz no ves a la Cornelia- Y ahí mismo se carcajeo el viejo con una desfachatez que me resultó contagiosa. 
 -Pásale niño, si no mas te estoy tomando el pelo. Se te nota que no eres de aquí ¿de onde vienes?- 

Yo ya sabía que me iba a agarrar para la botana como siempre que respondía en México a esta pregunta. Pero igual le conteste: 
-Vengo de Chile- 
Dio una risotada mostrando sus dientes chuecos y me dijo con cara de incrédulo: 

 -¿A poco si vienes del chile? – 
-De Chile, de-Chi-le.- Le dije enfatizando. Y antes de volverse a carcajear me dijo: 
 -A pues ahora si ya entendí ya por que quieres conocer a la Cornelia- 
Viejo de mierda pensé, pero no pude evitar reírme de su albur tan campechano. 

Atrás del changarrito, donde tenían desde resorteras hasta rifles y diversidad de caramelos enchilados al natural, había una milpa y al fondo una cabaña y un bonito temazcal de adobe, de esos que tienen incorporada la chimenea y un ducto para que salga el humo. Era blanco y estaba cuidadosamente pintado con diseños prehispánicos, mis clases de etnohistoria mesoamericana me servían ahora para reconocerlos, eran zapotecos y representaban a tezcatlipoca, el Espejo Humeante, y a Qutzalcoatl la Serpiente Emplumada. Además unas rasantes figuras de maíces de colores y otras plantas. Hasta ese momento había estado muy atento a todo, con la atención galvanizada a la espera de la friega que temía me pusieran, o a las “señales” del Espíritu, pero mientras esperé a la señora quedé como hipnotizado mirando la notablemente armoniosa simetría de todo en la milpita, no había una sola basura, ni gallinas correteando ni nada fuera de lugar, era un espacio bien modesto pero exudaba dignidad, y el temazcal estaba ubicado de manera que todo parecía converger hacia el, y ahí estaba yo fisgoneando cuando de pronto escucho mi nombre a lo lejos, me doy vuelta y, ¡zas!, tenía a Doña Cornelia delante de mis narices. El Viejo se despidió desde la puerta trasera del changarro y nos dejó solos. Volví a mis automatismos, tímido y con una forzada sonrisa amistosa pero falsa, no supe que decir y hubo uno de esos largos e incomodos silencios. La doña me miro de arriba abajo, con seriedad, casi con preocupación, hasta que con amable gravedad dijo: 

-Sea bienvenido a esta su humilde casa- 
 -Gracias señora, y gracias por aceptarme como aprendiz de temazcalero- 
-No sea fresco, si todavía no le he aceptado nada, eso no depende de mi, quizás tampoco de usted- 
Me quedé helado, la amabilidad súbitamente había cedido paso a una inusitada severidad, le dije que me disculpara, que lo que quise decir era que estaba agradecido no mas. Ella se fue a sentar al zaguán y antes de señalarme que la acompañara me dijo, de espaldas: 

-De poco y nadita sirven disculpas y gracias cuando una está tan vieja, y en general tampoco sirven de joven, es mejor saber estar a la hora en el lugar correcto con la persona correcta- 
-Ha si si si- dije y volví a disculparme, esta ves por mi atraso, el que quise explicar pero ella me hizo seña de callar. Y me preguntó de que yo estaba enfermo. 
-De nada, que yo sepa -le respondí. 
 -Pues ya lo veremos. Por fuera te ves fuerte, eres joven. ¿Pero por dentro? El temazcal es como un brújula, el sabe indicar lo que anda mal, si el cuerpo esta frio de más o muy caliente, si se perdió el equilibrio entre el tonalli (en la cabeza), el teyolia (en el corazón) y el ihiyotl ( en el hígado), si te pusieron mal de ojo, y hasta si tienes o no madera para aprender el camino.-

Sentí la carne de gallina, esta viejecilla tenía todo el aspecto de una bruja de las meras meras, pensé que buena suerte tenía. Como en esa época mi ego no me dejaba ni de día ni de noche, por un momento, mientras conversábamos, fantaseé y me sentí como en una película en la cual, por supuesto, yo era el protagonista. Lo que es ser pendejo ¿verdad?. Ella me indicó donde estaba la madera y me dijo que preparara el temazcal. Yo le expliqué que sólo había encendido de los otros, los que funcionan con fogata externa. Ella me explicó pacientemente como prepararlo, básicamente había que meter la madera por un hueco lateral y luego encenderlo, lo que me costó un huevo y la mitad del otro por que el espacio era bastante reducido, y dos veces me quemé la mano. Antes por supuesto, me eché un rezo corto y calladito, invocando al abuelo fuego, y me di a la faena rogando por que se prendiera ya que evidentemente era, ahora si que si, la prueba de fuego. Ella miraba cada detalle, lo que por supuesto acrecentó mi torpeza. Pero al fin lo encendí. Como a la hora y media me dijo que ya estaba, que lo limpiará sacando brasas y cenizas y las juntara en un bracero metálico y grande que tenía atrás de la cabaña. Ella señaló casi al pasar que la ceniza es medicina, que se ocupa para el cuerpo o para el alma o para ambas, y hasta para la buena suerte, y que si me sabia portar me enseñaría. Trajo un balde con agua preparada, una infusión de hierbas con romero y albaca, justo mis preferidas, pensé yo muy ufano. Ella andaba con un delgado huipil blanco casi sin adornos, se quitó los huaraches y al entrar de rodillas susurró algo que no entendí, por mi parte al entrar dije el clásico “por todas mis relaciones”. Ya dentro y con la puerta cerrada de inmediato se sintió el calorón de ese horno sin que aún siquiera agua le echaran, me santigüé. Ella me preguntó si entendía el significado de lo que yo había dicho al entrar. Le dije que pensaba que si, que yo pedía para el bienestar mío y de todas las personas con que me relacionaba. A pesar de la total oscuridad, podía yo sentir sus ojos clavados en mí, e indicó que si, pero que también no, que: 

 -Eso no era todo, existe una como alma colectiva, digamos, a la que todos estamos conectados y de la que somos forma y expresión, y que uno no nada mas pide bienestar para todas sus relaciones, sino también da gracias por ellas y pide disculpas por ellas. Pero esas disculpas si que valen- Agregó con un tono misterioso. 
-¿Por qué Doña Cornelia? le inquirí yo. 
 -Porque esa petición, esa gratitud y esas disculpas no son ni egoístas ni dichas por decir, y son dichas en el momento correcto, el momento de la ceremonia, donde las palabras recobran su poder perdido. Y “el de arriba” las escucha, pero de la misma forma las toma en serio y cobra la palabra cuando llega el día. Así mismo la tierra, nuestra madre, escucha, y da a cada uno según donde y como está.- 

Dicho lo cual ahí no más comenzó a verter el agua sobre el muro candente, y nos abrazó el vapor con su dulce y aromática medicina. De inmediato se me quemaron gacho las orejas y hombros. Me dijo que me recostara sobre el petate. Su maestría en el manejo de la temperatura y el direccionamiento del vapor, ocupaba un ramo de pirul para ventilar, eran notables. Guardamos silencio un rato y luego, sin imaginar la tremenda respuesta que me iba a soltar, le pregunté: 

-¿Y cuénteme Doña Cornelia, usted se entiende a si misma como curandera o temazcalera o como?- 
-Una no está pa sanar a nadie, somos simples conductos de la naturaleza, es ella la curandera, y la medicina, con el temazcalito pasa igual, por que son, igual que una, parte de lo mismo, compartimos alma con todo. Y de lo que se trata, pa todas y todos, es de encontrar y saber mantener la armonía en la propia existencia, y esto, a sabiendas de que existimos en un mundo de contradicciones y oposiciones. La moral de nuestras abuelas y abuelos era muy diferente, es muy práctica, por que las consecuencias espirituales, o mágicas, de nuestras conductas, tienen lugar en este mundo y no en ningún mas allá. Premios y castigos, por así decir, que nos vienen desde lo invisible, no son de cualquier manera, hay justicia, corresponden a nuestra rectitud o nuestra falta, pero no según un libro, según nuestro propio corazón, una sabe pues, aunque se haga. El bien y el mal no son definitivos o absolutos, se necesitan, se complementan, sino todo se pararía, no habría creatividad. Es cierto que aquí en la tierra que andamos hay mucho sufrimiento, hay suciedad, pero también hay lo bonito, hay placer, amistad. Dicen que un día habrá un gran cataclismo, cuando la lucha entre las distintas fuerzas, y su orden, ya no se dará más, ahí se acabaran los seres humanos, pero mientras tanto, aquí y ahora, estamos en plenitud. ¿Qué mas paraíso, o infierno, que este?

- No supe que decir, estaba conmovido hasta los huesos. Ella, sin necesidad alguna, me había recibido y me ofrecía su conocimiento sin pedir nada a cambio. Yo no tenía idea quien era esta viejita, si había estudiado, si era del campo, si pertenecía o no a algún “linaje”, pero en ese momento todo eso me valió callampa. Su sencillez y su adusta amorosidad me golpearon profundo, y cuando me dijo que sí, que estaba enfermo, que tenía fuerza y buen corazón pero que estaba voluntariamente ciego y que eso me podía terminar por dañar en serio, me corrió la lagrima, no pude evitar llorar en silencio, lo hice confiado en que la oscuridad me permitía no poner en entre dicho mi gallardía “guerrera” frente a la tremenda maestra que me había salido al paso. Me sentí como un tarado, literalmente, lleno de trabas, y al fin me solté, por no decir que me rajé, llorando sonoramente. Ella me dijo con inusitada ternura: 
-Llore mi niño, ándele, llore- y riendo agregó: -chille no más que esta vieja loca no le va a contar a nadie-. 
Eso me hiso reír de golpe, y ahí estaba yo, riendo y llorando como un pendejazo, pero con una satisfacción sin igual, y así me la llevé un rato, hasta que ella se puso a cantar una hermosa canción en náhuatl, de la que solo recuerdo su dulce melodía, y la cual escuche en el mas hondo silencio. Sentí que entendía el sentido, como si fuese especial para mi, pero no comprendí ni jota, salvo dos palabras que se repetían en lo que debió haber sido el estribillo, era uno de esos difrasismos famosos de los poemas nahuatl: "In ixtli in yolotl" (Los ojos / el corazón), que yo sabía, según el costumbre, se trata de una metáfora sobre la personalidad o identidad personal, y que había que hacerlos florecer y endiosar respectivamente. 

Luego me enseñó a hacer una serie de respiraciones, que combinadas con algunas imaginerías específicas de inspiración mesoamericana, permitían conservar ciertos estados de atención muy particulares y de gran potencia. Fui sintiendo que el bienestar se asentaba en mi de un modo nuevo, un modo que debería aprender a conservar y a evocar hasta el día de hoy, lo que, huelga decir, no ha sido fácil. Y antes de acabar esa primera sesión, me dijo: 

 -El secreto con el temazcal es muy simple mijo, que no te cuenten cuentos, se trata de entender que está vivo, vivito y coleando, que tiene alma, y que esa alma está conectada a ti y a todo. Hay que sentirla. Ese es el mero corazón. Y ese corazón tienes que llevarlo a lo doméstico; al cuidado de tu cuerpo; al trabajo y a todas tus relaciones. Si, puede ser cierto lo que dicen que dizque uno puede tener visiones, que uno puede entrar a otros mundos en sueños, y comunicarse con el alma de cualquier ser o cosa, pero lo importante es el amor que nos une, ese es el vinculo de conexión, la amistad con todo. Y eso a pesar de que no podamos realizarlo por completo, por que a todos, y no le hagamos al pendejo, nos duelen algunas relaciones, las que se nos torcieron, o las que se nos escaparon para siempre, pero hay que intentar, hay que levantarse una y otra vez. Todo pasa aquí, en este cuadrilátero donde las grandes fuerzas pelean entre si y entre tanto nos hacen temblar. En la vulnerabilidad, cuando atrevemos a mirarla de frente, ahí mero palpita el poder. Entonces, caramba ¿pa que tanto pinche salto estando tan parejo el suelo?- 

Esa fue la primera vez que estuve con Doña Cornelia, habrían tres ocasiones más. Quizás me anime a publicar algo de ellas otro día. Pero como este relato no se trata del poder, mejor le paro aquí, por que ya se está poniendo picuda la flor de mi palabra, y el asunto es más bien tomarse una agüita de piedra, para encontrarle el gusto a la vida cotidiana, puro poder sin poder.

3 comentarios:

  1. carlosjcastillejos@gmail.com says


    Seguro que la irreverencia florida puede ser una Maestría reveladora...la saga del poder siempre se cuela-deja- y emparenta a los seres agregando y disgregando descripciones...por ahí escuché: "de lo que no se puede hablar hay que poetizar"
    Un abrazo Nacho y hay que temascalear la existencia tanto como se Pueda.
    Carlos


    Ignacio Muñoz Cristi says

    Eso mero! Gracias por su siempre amoroso interes mi amigo. Abrazototl!!


    Anónimo says

    verdad de cerca, la del encuentro justo, o la de justo lo que se encuentra, quizas la mentira chralatana sea presentar la vida como inteligentemente diseñada para alguien especial siendo que solo se trata de un encuentro casual, en la causalidad del mayor ensueño posible, la cotidianeidad consagrada!!
    Gracias Nacho!!