Registros del Colibrí




Mi hermano, venga para acá. Déjeme decirle que estoy muy contento. No había visto nunca algo de este tipo, así. Se hace necesario en nuestro tiempo, nuestros tiempos, pero tanto… cómo decirle, hermanarnos… nosotros allá en nuestra tierra necesitamos de esto, hermanarnos… el día de hoy hay tanta discordia… y no sé bien por que allá.. allá”


En ese momento el viejo guardó silencio. Con una expresión de humilde pasión quebró su voz y dejó caer una lágrima.

“Es que estoy tan contento, perdóneme hermano por las lágrimas… nuestros hijos, eso es nosotros queremos que esto siga para nuestros hijos”

La puerta de la kiva de la mañana se había cerrado. Era el segundo día luego de la apertura del fuego en Colombia. Representantes nativos de todo Colombia estaban durante la mañana mirando la ceremonia como alguien que conoce con extrañeza una nueva tierra, un nuevo espacio que a primera vista se vislumbraba intimidante.

El viejo de putumayo nos abrazó y nos miramos a los ojos a un lado de la puerta de la kiva.

“No mames buey. De eso se trata todo esto” Nos decía aquel que guarda las cenizas de nuestro fuego, a la vez de ser un amigo de aquellos que se atesoran.

El Sol en la montaña cercana a Bogotá cuidó de la kiva. Recibidos por un templo krishna, los mayores tuvieron que hacer el doble esfuerzo de participar de una ceremonia hasta antes desconocida, y de comer principalmente alimentos sin carne, restringiendo el uso del sagrado tabaco en el terreno.

La dulzura de Putumayo y sus representantes ataviados con las plumas del guacamayo y la sonoridad de la armónica, descendían a la kiva en espiral como una serpiente de proporciones.“Yo soy del saber del boa” Me dijo uno de los 10 mayores del putumayo cuando nos tomamos un tiempo para caminar a unos 20 minutos y comer un plato de sopa con carne. “Allá en nuestra tierra mucho pescao, lleeeeeeno de pescao del río, queremos tener esto que estamos viendo, esa… ¿Cómo se llama? ¿Kiwa? En nuestras tierras, ¿Cuándo podrían ir? Ahí en nuestro distrito armamos algo grande para que todos participen, una actividad con ustedes, ¿Qué creen?”

Eustorgio había dejado la selva hace ya 4 años para partir al primer Raíces de la Tierra. Para hacer esto había pedido permiso he informado a los mayores de los distintos distritos de la selva. Iría como médico tradicional. Si vas a representar a un pueblo y utilizar su nombre, debes consultar primero a los mayores. Ahora estaban ahí, presentes, mirando cuál era el fruto del trabajo del taita. Eustorgio había recibido luego de 4 años el fuego junto a Lorenzo. El Norte y el Sur de Colombia estaban representados uniendo ambos polos en el centro, sin que siquiera eso estuviera en los planes de alguien más que el espíritu.

Hasta ese momento no había entendido en su completa dimensión por qué los hermanos mayores de las distintas tribus nativas de la Sierra Nevada de Santa Marta, son denominados los Hermanos Mayores.

No se trata de que tener un poporo y andar con un gorro que asemeja una montaña sea algo sagrado que distingue a alguien. El poporo y el gorro lo puedes comprar fácilmente en el aeropuerto. Varios y muchos de poporo y gorros, pero pocos donde la distinción es el rezo. La palabra. El silencio. La videncia.

Entre los mayores, los pueblos de Colombia les piden consejo y mayor asesoría a los Hermanos Mayores de la Sierra Nevada. Les explicitan que ellos son la cabeza de la montaña alta. Les dicen que hay muchas preguntas sin respuesta y no saben qué hacer en los tiempos actuales con algunos malestares que hay en sus comunidades. “Necesitamos de ustedes” Expresan las otras etnias, pidiendo ayuda.

Los Hermanos Mayores miran con extrañeza. Alguien podría decir con frialdad. Ellos no bajan o actúan acorde a las necesidades de nadie más que del espíritu. Si la montaña les habla. Si el cerro les habla. Si el río les habla. Si el mensaje les habla de que existe una razón por la cual entregar un mensaje. Nadie necesita de nadie, dicen los Hermanos Mayores, ya que todos siempre hemos estamos juntos y actuamos cuando debemos actuar. 

Entre los mayores algunos entienden el lugar y el momento. El fuego les habla, pero no todos escuchan.

“Enseñamos la obligación pero no obligamos a nadie” había dicho el Mamo Lorenzo hace años, ahora lo veía cercano a su hábitat, el imponente pelo negro tomado de la mano con su mujer y sus hijos revoloteando por todos lados. “Ese tambor, puum puuum puuuuuum” Decía el Mamo, sonriendo con los ojos brillantes y los dientes verdes del mambe. “Ya llegó la Kiva”.

Los hermanos muishkas bajaban derrochando alegría en sus flautas. Paso a paso iban reconociendo y comprendiendo donde estaban.

Los hermanos quichuas nos recordaban en su andar que los incas están por todos lados y nadie puede evitar reconocer la continuidad de sus trabajos en el tiempo.

Los guambianos paso a paso dejaban estelas de inocencia que suaviza

Con su pequeño bigote y el yopo, un hombre de brillante mirada se decidía a bajar a la kiva junto a la serpiente de putumayo.

Los krishnas danzaban y rezaban al ritmo de sus cantos, como hijos de la misma tierra que son.

Los wiwas en su silencio registraban todo para compartirle a los mayores del consejo arriba en la montaña.

“Allá abajo se baja a rezar. El rezo se va a realizar y todos están invitados. Nadie se va a sentir si no quieren participar de él, pero tengan claro que a pesar que es verdad que los jóvenes se están retirando de las comunidades y quieren dejar de ser indígenas; acá hay cientos de jóvenes de ciudades que están interesados en conocerlos y en conocer sus tradiciones. Está en ustedes decidir si quieren compartir con ellos o no”. Eso les había dicho quien lleva la ceremonia, un tipo de otras tierras, de otras latitudes con una luz en los ojos el día anterior a comenzar.

Un anciano de putumayo había quebrado el hielo, diciendo “yo la verdad si estaba confundido, pero también me hace sentido lo que dice el hermano acá adelante y me parece que su palabra es buena. Los niños ya no quieren ser indígenas, y acá veo harta gente interesada en aprender. Sí. Es buen tiempo para apoyar.”

“Por eso mismo lo hacemos taita, para que esto continúe con sus hijos y con todos. Lo que ustedes tienen no se puede ni se debe extraviar”

Ligeros pasaron los días. El Sol aparentemente no quemaba, hasta que las nubes dejaban bajar su poder a la Tierra. Colombia es la tierra de los colores del néctar: remedios para todos los colores y gustos. En el centro de América, en las tierras de bacatá, ya se siembra un nuevo espacio del colibrí.

“La condición del águila es la visión. Es capaz de mirar hacia delante fijamente, y cazar, ir detrás de su presa, siempre hacia delante, extendiendo su entendimiento, donde le alcance su mirada… muchas veces incluso le lleva más allá de lo que espera o sueña” Me comentaba una bióloga camino al aeropuerto.

“Por otra parte el cóndor es cómo decirlo, la máquina de transmutación de la naturaleza. Todo lo ingiere, todo lo limpia, todo lo hace pasar por la depuración. Es un ave carroñera, su energía es capaz de transformar todo, desde el suelo y llevarlo a volar alto. Es el ave que llega más arriba en su vuelo por el cielo”

“El Colibrí por otra parte es un ser que está en equilibrio con todo. Vive de alimentarse de las mismas flores que poliniza en el acto de comer. No es depredador, no es carroñero. Está en el centro del equilibrio. Toma de todos lados y su acto de alimentación es un acto de dulzura”.

“Qué interesante lo que cuentas” Le comenté. ¿Cómo era la canción esa que cantaban del colibrí?”

En el centro de América se levanta la kiva. Por un acto de acierto divino las cosas en el primer año comienzan pequeñas, silenciosas, tal como la pequeña ave que busca néctar en las flores. No llegan los experimentados visitantes, abuelos y abuelas de otras latitudes con kivas en el cuerpo. Pero sí está el espíritu de la Sierra Nevada en Lorenzo y la Guacamaya con la Serpiente en Eustorgio. Norte y Sur de Colombia acechan el Centro.

En este primer año es momento de mirarse las caras nuevamente entre todas las tribus del corazón colombiano. Hay distancias. Hay diferencias. Hay peticiones y recriminaciones entre ellos. Nada que el amor no pueda atravesar con su dulce lanza, fecundo de los dulces remedios que mastican, inhalan y beben por toda la tierra colombiana.

Como el colibrí al alimentarse de la flor, los mayores suben y bajan de la kiva sin sospechar pero intuyendo, que su sangre y palabra se alimenta recíprocamente con el fuego que están descubriendo. Al igual que sus corazones se alimentan del otro al mirarse a los ojos.

Ya era tiempo. 

Texto por M. O'Brien

3 comentarios:

  1. Anónimo says

    Manu.

    De eso se trata..se hace el trabajo, se abona, se cuida todo bajo el amparo del gran Espiritu. De la cosecha, de los frutos, del tiempo...el Espiritu se encarga y gracias.
    Felicidades.

    Un abrazo.

    Carlos


    Ignacio Muñoz Cristi says

    Bello relato. Y la armonía del colibrí... esa quiero para mi. Se agradece Manu.
    Abrazo.


    Ignacio Muñoz Cristi says
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