Esperando la entrada del venado.





La vida florece en los ojos de los hermanos cuando nos subimos al taxi y cuando se sientan a convertir las flores en ponencias.

En su ropa bordada: flores y familia.

En el cabello de copal de la señora de la casa: flores en cascada que su corazón no puede dejar de amar aunque el miedo quiera meterle zancadilla.

Cansados y atravesados por cinco flechas de amor nos decidimos a caminar por el jardín de las flores en donde el silencio es un letrero escandaloso en el cielo y en el paxtle de los mezquites acalorados.

Las niñas arrullan sus muñecas con repetitivos pensamientos sobre novios y divorcios. Luego se inclinan ante el fuego de la cocina y se hacen por un breve instante silencio.

El único maestro al que seguimos es el nieto del lobo manchado cuya yoga de dos pasos y al suelo hasta que la rosa traiga el agua a mis pies, imitamos con gracia. Casi. Al mero ancestro y ágil venado apenas y le acercamos agua y tortillas.

Las palmas vuelcan nubes de flores que perfuman nuestra devoción.

Los egos bien asados se convulsionan exigiendo la atención del paramédico espiritual.

Mejor venir a revolcarse en talco de lodo a pensar que vine hasta acá, me molieron en metate y no sentí absolutamente nada por estar pensando mientras el venado se despliega despedazando lo planeado.

No es este jardín de rosas el país del confort mediocre.
Tal vez piel desnuda y ampollada de expectativas.
El lugar sagrado duele.

Y si me suelto en este abrazo: llueve.
¿Qué era lo que tenía que defender?
Nada por aquí nada por allá.


3 comentarios:

  1. sara says

    Ay por unas horas sentimos que no estábamos...


    sara says

    Ay por unas horas sentimos que no estábamos...


    Anónimo says

    Asi es algunas veces... pero no hubo nada que perder!!!
    besos,
    Flor