Cronica desconocida



Por Flor Podesta

Lo desconocido abrió su tajo en la noche cuando los topiles bajaron de la cima del Quemado y anunciaron: “Que suban todos”.


¿Todos, todos? Preguntamos nosotros, sin creer. ¿Todos los periodistas, todos los invitados especiales, o todos todos? (curiosos, organizadores, ecologistas, amantes, paseanderos, perros color humo, pájaros invisibles de alas crujientes). “Todos todos”, nos confirmaron los enviados que bajaban de la oscuridad.

Caminamos peregrinos en ayunas, paso a paso bajo la luna llena que emergió más temprano como una espanta-nubes de carbonilla borrada contra el cielo de la tarde. La luna siempre abre la calma, en el mar, en la montaña, llega, se expande y ocupa todo con su gran silencio luminoso. Bajo la presencia plena que bañaba las piedras, nuestros ojos se acostumbraron a este nuevo día de la medianoche. Las palabras nos abandonaron cuando cruzamos el umbral. ¿Cuál umbral? Del otro lado, el existir mundano quedaba en stand by como una maquinaria olvidada, completa en su lógica pero absurda de este lado.

Fuegos en la cima del cerro Quemado, a Leunar o Ra+unar, como dicen los huicholes en su móvil caligrafía sonora. Pequeños, humildes, frágiles fuegos. Alrededor de los fuegos, el resplandor humano. Cálido, dulce, perfumado. El espectro continuo entre lo que da vida y lo que ya ha quedado atrás. Del elemento puro a la piel que se acerca a beber, un degradé de piedad.
La tierra quiso que bailáramos.

Un violín como una cuchilla pequeña y afilada raja el aire, lo hiere con delicadeza hasta sacarle jugo. Y aquí paso al tiempo presente porque las acciones divinas de los hombres, como cantar y bailar, no tienen pasado ni futuro.

No hace falta ser versado en tradición huichola, ni en ceremonias, ni estar alucinado por un cactus, para bailar esta música liviana que parece caminar en puntas de pie sobre las estrellas, mientras abajo los pies amarran la tierra con pasos de tambor. Uno puede imaginar un ejército de dioses niños que juegan a crear una Creación. Incluso si uno se alejara un centenar de metros para hacer pis, como en mi caso, percibiría el fenómeno más singular. Sin ver a los danzantes, sin escuchar los violines, sin siquiera oír el sonido de los pies de los danzarines pisando fuerte, uno sentiría un rítmico vibrar, el cerro entero cimbrando y latiendo como un corazón. Son los cuerpos de los hombres hablándole a la tierra en su lengua. Por una noche, al menos, ya no hay separación entre reinos.

La danza no tiene tiempo, se teje y se desteje, personas en trajes blancos van y vienen, desarman el centro y lo rearman en otra parte. Ellos, los huicholes, los que saben quizá de qué se trata todo esto, hablan en su lengua oracular, cantan una historia que horas más tarde no llegarán a traducir porque el misterio no está hecho para ser traducido. Y muchos de los que no somos huicholes, los teiwaris, no comprendemos todas las cosas que están sucediendo aquí pero sí nos queda la sensación de que unos hilos invisibles conectan a cada persona con el fuego y entre sí, y a los fuegos con las estrellas y a los pies con el centro de la tierra. Y que juntos estamos creando un nuevo leguaje en el que individualmente no somos más que caracteres apenas trazados, borroneados algunos, inconsistentes, puro tropiezo, pero en relación de unos con otros, en movimiento, en flujo y reflujo, en mareas y ondas, somos algo más, mucho más grande, incomprensible a nivel del suelo pero desde el punto de vista del universo, quizá, un mandala vivo en generación.

No importa si comprendemos. Lo que importa es estar aquí, ahora.

Continuará...


2 comentarios:

  1. Anónimo says

    Ni los mestizos, ni los huicholes, ni las leyendas, ni el cantador, ni el filosofo, ni el poeta pueden traducir lo intraducible -El Misterio- sin embargo se agradece las descripciones inspiradas que intentan sugerir lo esencial del ser humano.
    ¡que hermoso son los emplumados y que hermosos son los desplumados!
    Gracias Flor
    Carlos


    sara says

    y el jugo de aire de esa noche tiene sabor a flor...a flor ancestral que acompaña suavemente el peregrinar de fuego en fuego...somos tupina
    pamparius florencia
    eli