El viaje



Un día 2 Jaguar, un uinal dedicado a la acción contundente, final, nacida de la
naturalidad, del actuar espontáneo, del momento. Encontrarnos así, nuevos todo
el tiempo. Hacer del pasado ofrenda, abono, alimento que nutre y enseña, materia
para dar forma al sueño de un nuevo gobierno, de una humanidad despierta,
medicina, familia extendida, yo soy tu, tu eres yo, el presente en la infinitud
y la infinitud en el presente...

En el presente navegan corazones de venados, de jaguar, de águila, linajes que
se tejieron como hilos evolutivos; en el presente navega la memoria ancestral,
esa que nos relata de las explosiones primordiales, innumerables origenes en el
mar de la conciencia. En el presente agradezco a las estrellas, al Universo,
esta puntada en la cual nos reencontramos, nos reconocemos, nos recreamos;
agradezco el tejido de sueños, ensueños y vigilia desde el cual va un intento de
compartir...

El viaje comienza pero, ¿acaso se parte de casa para ir al vientre de la
montaña, al océano primordial, al ensueño, o a visitar a los abuelos? Pasos
recorridos para sentir la humildad de la Tierra con los ojos, con los oidos, con
las manos y el ombligo y todo el cuerpo y los sentidos huecos. Y evocar desde
aquí al ego hueco, sin defensas, sin batallas en las que pueda posicionarse, sin
acomodo, libre y fluido, expansivo, inclusivo, que sabe de cómo surgen y mueren
las experiencias, de cómo pasa todo en un espejo horadado, imagen de la vida
que nace y se renueva cada instante invitando a hacer lo propio, a morir a lo
conocido haciendo honores al abuelo alacrán, que nos cuenta acerca de como una a una se remontan las olas o como paso a paso se sube la montañas y así se vuelve
a bajar.

Bajo el influjo de este abuelo de fuego surge el impulso del compromiso libre y
enamorado con cada uno de sus corazones, con mi corazón y cada una de mis
células, pequeño universo y con cada estrella del gran universo, que a fin de
cuentas son el mismo. Con cada flor y ave y pez y tortuga y montaña y todos y
cada uno de los desiertos de la Tierra. Y con la Tierra y el Sol y cada amanecer
y el reverenciarlo y cada atardecer y el agradecerlo. Con cada niño y niña y
cada cachorro y con todos los abuelo y abuelas. Con la memoria ancestral y la
cuenta del tiempo y cada día con su energía y vibración y latir.

Un compromiso agradecido por el espacio y sus oquedades, el espejo de obsidiana
con su pequeño ombligo en espiral, el hueco donde nació la Ceiba Arbol del
Mundo, nuestro eje corazón de estrella por el que llegó el caminante de las
estrellas en este viaje que les contaba. Salir hacia un lugar, hacia el destino,
aquí, allá o acuyá, al encuentro de la Montaña, de los niños, de la memoria
ancestral, invitado a una reunión, a un encuentro con el "otro", con los
"otros", consigo mismo, con Xochipilli, con la santa vida y la santa muerte y la
entrega, la rendición de las defensas y postrarse ante el misterio del Uno, del
dos, del tres...

El viaje una metáfora, ir a la fuente de la vida a presentar respeto, ofrenda,
agradecimiento. Y desde aquí poder decir gracias por el latir de la vida
encarnado y con su sello original, por el Uno a uno, todos juntos, todos uno y
cada uno. Por todo lo tejido, lo caminado, lo acontecido y lo recapitulado, lo
que se crea y se diluye en el hilo de la existencia, en el misterio de la
esencia, la quinta esencia en que no queda nada sino el ahora, el momento, el
tiempo sin tiempo de la eternidad y la infinitud que se hacen límites,
continentes de exuberante belleza. Por el intento común, la capacidad de poder
organizarnos y coincidir por momentos para levantar sueños juntos, amarrarnos y
soltarnos recreándonos macehuales, responsables y merecidos y participantes y
creadores.

Gracias en el viaje a la abuela tortuga, jícara donde viaja la vida llevando el
mensaje del agua a la tierra, los secretos de la vida, recuerdo y reconocimiento
de nuestro linaje. Al abuelo cocodrilo, guardián de la Tierra, Cipactli,
sostenedor del mundo, de cuyo cuerpo nace la vida y cuya boca es la entrada al
inframundo. A todas las aves, peces, a los delfines, a las tortugas recreándose
en el amor, a las plantas, a los guanacastles sostenedores de lazos mágicos por
los que trepan hadas y duendes para darnos el espectáculo de la belleza temporal
atemporal; a la llamada de atención acerca de cómo nos paramos ante la vida y
cómo caminamos tal vez haciéndonos antenas entre el cielo y la tierra siendo
ambos; a los niños que cuidan la montaña y a los que cuidan la playa, angeles de
carne y hueso y a las abuelas que hacen de un nixtamal con coco y piloncillo una
epopeya.
Y mientras la epopeya continúa, enciende una vela y encuentra la fuerza para
morir a lo conocido, para ver la luz en el amancecer, en el crepúsculo y en la
noche.



0 comentarios: