Los brujos sobrevivientes II


En el México actual, “el indio que tu vez sobre la superficie de la tierra es el despojo del indio, su apariencia. El verdadero indio esta escondido en el interior del mundo, pero no en una cueva, que es donde vive el tigre, sino en el corazón mismo de la tierra, nuestra madre querida”.

De acuerdo al sabio texcocano Ángel Xochimacptli – según sus parientes, descendiente directo de la rama femenina de Nezahualpilli, de quien se dice tuvo dos mil mujeres-, la brutalidad de la conquista y exterminación de los pueblos indígenas desde entonces, convirtió al indio en una sombra de sí mismo y obligó a los más “entendidos a vivir en secreto”.

“Ya lo único que tenemos que perder es nuestra vida, pero esa no es nuestra, de manera que tenemos que cuidarla para que nuestros hijos recuerden la grandeza de sus padres y obren en consecuencia”, dijo el tlamatinime, que nos dio cita en un despoblado cercano a Tulancingo, pero que no tiene residencia fija porque afirma: “mi verdadera casa esta en todas partes”.

Bajo la sombra de un árbol y al calor del riquísimo “neutle” que no faltó a lo largo de la conversación, el Netlacaneco – quién humaniza el querer-, expresó que actualmente el indio ya no vive con la esperanza de recobrar la tierra de sus antepasados, pero que no podría existir sin la vinculación directa que sostiene con ella.


Para el sabio indígena, su conocimiento es la parte más insignificante de la sabiduría que “se esconde en el interior del mundo”, pero es gracias a su entendimiento y al quehacer del brujo que “el indio ha podido sobrevivir a su muerte histórica”.

Disculpe don Ángel, pero ¿qué quiere decir exactamente cuando menciona que el indio vive no en la superficie sino en el interior de la tierra?

El sabio – dañado de la pierna izquierda-, pidió su bastón y se levanto con el impulso de su pierna sana, poniendo los dos pies muy firmes sobre la tierra.

“Mira –explicó en seguida-, aquí sobre el mundo no soy para tus ojos más que un indio viejo y tullido que de un momento a otro será comida para los zopilotes. Sí yo no fuera más que eso, hace muchos años que estaría muerto, pero gracias al entendimiento de nuestros padres he podido vivir plenamente en el interior del fuego, del aire, de las plantas, de los animales.

El indio que queda afuera, en la superficie del mundo, vive como esclavo y su vida vale tanto como la de un perro. Tu puedes ver a tanto indio acabado, el que perdió sus costumbres y con ellas el único refugio que tenían, como si fuera un trapo sucio, no vale nada”.

¿Quiere usted decir que vivir en el interior del mundo es conservar los ritos, las costumbres, las tradiciones de sus antepasados?

“No solo eso – sentenció el anciano-, volviendo a tomar su asiento y su jícara de pulque. Hay muchos indios que son fieles a las tradiciones y ya están más muertos que vivos”.

¿Entonces? Los niños y los adultos que hacían un círculo en torno al sabio, parecían tan expectantes como el reportero por conocer la respuesta.

“Lo importante es que el rito este vive en el corazón del indio. Aunque sus altares hayan sido destruidos, sus sacerdotes quemados, sus costumbres cubiertas con las cenizas de sus muertos, la Tierra existe y esta abierta para quién es capaz de encontrar la rendija, el sendero de su corazón”.

¿Y qué hay que hacer para encontrar ese camino?

“Ser un indio de verdad”, respondió de inmediato el viejo para provocar el relajamiento y la risa instantánea de todos los presentes.

Lo que no entiendo, don Ángel, es qué debe hacer el indio para sacudirse tanta explotación y para oponerse a los continuos despojos de los que se les hace víctima. ¿Cómo debe luchar el indio contra la injusticia del blanco y de los mestizos?

Por primera vez, el tlamatinime se puso adusto y reflexionó un buen rato antes de responder.

“Hace muchos años que el indio perdió el derecho a ser dueño de la superficie de su tierra en el campo de batalla. Hoy, sería una estupidez pensar que puede recobrar ese derecho con el arco y con la flecha. Los que vinieron nos arrebataron, quizás para siempre, la superficie del mundo, pero esta derrota obligó al indio a penetrar en el interior de la Tierra, donde el blanco lo único que encuentra es petróleo”.

La carcajada de los parientes estalló de inmediato, más que por la alusión al petróleo, porque Evaristo, uno de los bisnietos del sabio, trabaja en la refinería cercana, por lo que es objeto de burla de la mayoría de la concurrencia, quienes desean dedicarse de lleno a “ser indios verdaderos”.

Por cierto, don Ángel, ¿sigue habiendo escuelas para trasmitir los conocimientos de sus antepasados de una generación otra?

“Ya le dije, se destruyeron todos nuestros edificios, se acabaron todas nuestras instituciones. Hoy ya no hay escuelas, hay hombres que saben y riegan su saber entre sus hijos, para que el hombre antiguo se conserve en ellos y no se pierda la memoria de nuestros padres sobre la tierra”.

¿ Y actualmente sus costumbres son perseguidas, o estudiadas o sí quiera conocidas por los blancos, por los mestizos?

“Hay hombres sabios, como Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla, que han entendido mejor que muchos que se dicen hijos de Netzahualcoyotl – se refería al historiador novohispano Fernando de Alva Ixtlixochitl – el pensamiento de nuestros padres pero estos hombres se cuentan con los dedos. Para el resto, el indio no existe. Cuando más, es un estorbo para los que quieren adueñarse de sus tierras”.

¿ Cuál es entonces el porvenir del indio?

“Su pasado”, dijo el sabio dirigiendo su jícara hacia el rumbo en el que se levantan los Atlantes de Tula, ahora rodeados de polvo y de silencio, de fabricas de cemento, refinerías de petróleo y carreteras. La tarde cae de pronto y el tlamatinime, apoyado en su bastón de tule, se metió en la oscuridad de la noche.



Tula Espejo del Cielo / Alberto Davidoff

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