Relatos del camino (2/5)


El primer contacto

Parece que fue ayer, cuando mi amigo y hermano David me dijo: ¿Qué crees Julio? Me acabo de encontrar con un excompañero de la G.FU. de nombre Carlos Castillejos, que tenía mucho tiempo que no veía, y la verdad me sorprendió mucho su cambio, como que había algo en su mirada que me confirmaba que algo interesante había aprendido todos estos años, -decía David- y Carlos solo me dijo que nomás había estado viviendo con unos abuelos mayas que le habían enseñado algunas cosas y que venía de impartir un taller sobre un conocimiento indígena relacionado con “Trampas de la Percepción” y luego luego lo invité a que venga a Coatza a dar un taller sobre todo eso que se oía interesante.

¿Y tú como ves Julio? Me decía David, no….. pues suena interesante, le contesté y que se empieza a mover con el anuncio del periódico, el espacio, y todo lo que implica un Taller de éstos. Y así fue como conocí a Carlos. Fueron como 3 talleres que vino a compartir Carlos a Coatza y en uno de ellos, también vino a presentar su libro “Corazón de venado”. Yo ya había leído un libro anterior “Los nuevos videntes” y para ser franco, algunas cosas ni las entendí, otras me parecieron como poesía, pero en general había algo que me sonaba o más bien me resonaba adentro de mí al leerlas. El caso es que al escucharlo hablar sobre Wirikuta, a mí se me hizo como si estuviese describiendo el paraíso y al terminar su presentación que me le acerco y le pregunto: Oye Carlos, ¿Yo podría ir a Wirikuta? El me miró de arriba abajo, como quien pasa un scaner…..¿Sabrá lo que me está pidiendo éste? -Intuí que pensaba-, y su respuesta fue: sí, va a ser en marzo del año entrante mas o menos, sería bueno que asistieras a una ceremonia en diciembre –me dijo Carlos-. Pasó diciembre y como el descuido y la desatención siempre me acompañaban, -ahora me acompañan unas veces mucho y otras veces menos- en febrero que me acuerdo y que le hablo por tel. a su casa, ahí me dieron el tel. de una persona de nombre Valentín, y enseguida me comuniqué: Buenas tardes, Sr. Valentín, hablo para solicitarle la lista de cosas que hay que llevar a Wirikuta, me llamo Julio César… ¡Ah sí! ¿Y a usted quién lo invitó? Pués me invitó Carlos, ¿Cuál Carlos? Carlos Castillejos le dije. ¡Ah! Pues si Carlos lo invitó no hay problema, tome lápiz y papel para que anote lo que tiene que llevar.

Recuerdo que me dijo que hacía frío, pero nunca me imaginé que fuera a sentirlo tanto en la noche, y ahí me voy con mi sleeping de playa, sin hule para poner abajo del sleeping, con una camisa de Pemex y una sudadera. En ese tiempo yo trabajaba en Pemex en oficina y ni idea tenía de lo que era salir al campo, mucho menos que ese campo fuera el desierto.

El viaje

Llegué a Xalapa, cené con mi amigo y hermano Miguel Angel y le platiqué de mi “aventura”, -yo me había formado como Psicoterapeuta con él- recuerdo que se encontraba en medio de un ayuno y me regaló un paquetito de varitas de incienso ¡que cómo me sirvieron estando arriba! Antes de lograr conciliar el sueño en aquel hotel –tampoco estaba acostumbrado a andar durmiendo en hoteles y menos solo- , me dí cuenta cuánto extrañaba a Carmina y mis hijas, o dicho desde otra perspectiva: lo apegado que estaba a mi seguridad y comodidad . Esa noche casi no dormí.

Al día siguiente, me dispuse a encontrar la dirección en que se citaba para tomar el camión y grande fue mi sorpresa al encontrarme con una compañera de Coatza, que yo no sabía que también iba a Wirikuta, era la Doctora Dora. Pasaban las horas y los camiones no se aparecían…..la impaciencia no me soltaba, hasta que llegaron dos camiones de esos guajoloteros que les suena todo. Me colocaron en medio de Luis Miguel, Oscar, el hermano de Oscar y otro compa que no recuerdo su nombre, que le daba por la terapia floral. Ya en el camión y conforme nos íbamos acercando a nuestro destino, unas personas que tenían cara de organizadores medio mandones, nos repetían a cada momento: …..¡mas les vale que se pongan a rezar! ¡y confiésense bien! Yo pensaba: tal vez ellos necesiten confesarse porque no tienen proceso…¡yo soy Psicoterapeuta, les llevo ventaja! Sin embargo, por dentro un miedo que me negaba a reconocer, se iba trepando de los pies a la cabeza, como si fuera una enredadera, aunado al aire frío que se filtraba por las ventanas…..¡nomás imagínense! . Faltando dos horas para llegar, el camión hizo una parada y yo ya estaba considerando la posibilidad de regresarme a mi casa…..Pero ¿Qué iban a decir mis amigos y mi familia! No podía exponerme a que me vieran derrotado… eso jamás.

Por fin llegamos a un poblado pequeño donde había una estación de tren, se llama Wadley y parecía uno de esos pueblos que había visto en el cine, donde salen vaqueros en el oeste. Al bajarnos del camión, me sorprendió mucho ver a tanta gente, muchos con trajes autóctonos, yo los veía que parecían hipis y en ese momento empezó a retumbar en mi cerebro una pregunta que no me soltaría: ¿Pero qué carajos estoy haciendo yo aquí? Me sentía fuera de lugar, Si me hubieran bautizado en ese momento, me habría quedado perfecto: ¡No me hallo!

Pasaba el tiempo y no había nada qué hacer, sólo esperar y esperar, entonces los compañeros a los cuales yo me había pegado como chicle, como quien se agarra de un salvavidas “por no saber nadar” sugirieron ir a comer algo y nos dimos un atracón en una fondita cercana, y justo al estar saboreando esos frijolitos con arroz y tortillas de mano, acompañados de un queso de cabra exquisito, llegó una persona y que nos llama la atención porque estábamos comiendo ¿Qué no van a comer venadito? ¡Así les va a caer mal! Y el miedo que ya se había distraído, que vuelve a la carga.

Fotografía: Biznaga / Amaranta Caballero Prado

1 comentarios:

  1. Gloriae says

    Querido Julio
    Yo que te conozco y he escuchado tus relatos, me emociono muhco al verlos publicados, cada uno de los detalles que describes me dan aprendizajes. Por favor sigue escribiendo.
    Gloria Elena