A la Luna Vieja Bruja


He practicado las técnicas del ensueño antes de dormir: recapitular el día y extender, hasta donde el cuerpo lo permita, la experiencia de la duermevela. Así nos fue dicho y sugerido. Tengo el hábito de invocar a los guardianes del sueño, los del cuerpo de arco iris para que nos guíen a mi alma y a lo que de mí vaya con ella. Luego rezo a la potencia ínfima que habita dentro de todos los seres. Le rezo a la que puedo sentir en mí pero también invito a la del resto del mundo a que lo haga. La invito a salir de su sagrado recinto, aunque no sé cómo es su santuario, ni siquiera lo puedo imaginar. Le pido que recorra el universo que percibo y nombro con la palabra “interior”. Está bien porque así le puedo animar a que luego ¡brote!, que salga, que recorra todos los universos ahí donde mi cuerpo no llega, aprovechando que está durmiendo. “Sal”, le digo con un grito silencioso para no despertar a la mujer que duerme aquí, a un lado. “Ve, recorre los universos, saluda a los abuelos luminarias”. Imagino que, siendo potencia, este universo le queda corto y que, siendo ínfima, como un puntito apenas luminoso, no le pasa nada si se lanza a los otros universos, los que no puede tocar la imaginación. Le ruego que una vez recorridas las casas de los eternos formadores, regrese, vuelva a entrar en mí y descanse en su santa morada.

Las imágenes de la duermevela se han vuelto chiclosas en las últimas semanas. Parecen cuadros del pintor noruego al que decían “psicótico”. Me gustaría decir que se han vuelto humo de copal que se mueve lentamente al bendecir la obscuridad de la noche, pero son más densas, más palpables. Parece que quieren hablar por sí mismas, sin la intervención del pensamiento. ¡¿Quién se iba a imaginar que apenas en julio pasado costaba tanto trabajo controlarlas?! Hablan con un lenguaje curioso, como si tuvieran la boca cerrada, pero aún así gesticulan llenos de emoción y aspavientos. Lo más bonito es que uno les entiende o al menos cree entenderles, aunque lo que dicen son nimiedades. Así ve uno a los adultos cuando nace, así los oye, como patos sin pico, como rugidos de temblor de tierra. El pensamiento observa, ya no juzga, no inventa. Las imágenes actúan como observadas pero sin inmutarse, como si tuvieran vida propia. Saben que su esencia es sólo un preludio al acto de ensoñar. No se perturban por ser “sólo apoyos”, como dijo don Cruz, el huichol harto de decirle a la gente: “yo no soy curandero, ni chamán; nomás soy apoyo”.

La Madre Noche, amorosa, arrulla un intervalo de consciencia que la voluntad deja escurrir entre los intersticios de la respiración profunda. Intervalo sin tiempo que toma forma de hilos plateados que nacen de la mirada que disfruta las imágenes nacidas en la duermevela y la mirada de los señores de Xibalbá que responden en silencio. En el espejo de la obscuridad se hermanan el brillo de los ojos humanos-divinos que ya no observan ni son observados: con-templan. La potencia ínfima, puntito de luz imperceptible a simple vista pero luminosa a la vista simple, al Ver, enciende la pantalla luminosa y…a ensoñar.

¡Cuántas cosas nacen de ahí! El día no alcanza para recapitular la noche y sus pobladores; la noche, a su vez, poco recuerda de su propio día. Parece que lo mejor es estarse en paz, disfrutando la contemplación, recapitulando la duermevela, aunque sea. Como si cada noche fuera, como puede serlo, noche buena, de nacimientos y años nuevos; de vacaciones, rezos, celebraciones y bendiciones, de abrazos y regalos, de ponches con piquete, chelas y propósitos pacientemente esperando, desvelados, a ser cumplidos. En pocas palabras, humana, disfrutable.

4 comentarios:

  1. Jorge Gasca says

    ¡Olé!

    Saludos compadre


    Faustino Ortega says

    Gracias por el apoyo correccional...bendiciones para tí y tus hijas, carnale.


    Publicidad says
    Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    Julio says

    Very well my friend.... Espero nos veamos pronto.... saludos y abrazos para tí y tu familia