Relatos del camino (4/5)



La cacería

La sola idea de toparme con alguna serpiente potenciaba mi miedo. Desde niño, creo que influenciado por los temores de mis padres, había desarrollado y alimentado un impresionante TERROR hacia las serpientes …. Y ahora la tarea consistía en que todos íbamos a caminar através del desierto para cazar al venadito….recuerdo que yo me esmeraba por hacer mucho ruido y movía y movía las ramas de las gobernadoras como queriéndole avisar a las serpientes que ahí íbamos….y como cereza del pastel, yo esperaba de veras encontrar un venado de carne y hueso, hasta que alguien me explicó de qué se trataba el asunto. Al estar entregando los venaditos que cada uno había cazado, no conté bien el número de gajos de uno de ellos y además lo corté indebidamente….al mostrárselo a Carlos, me lo devolvió y me dijo que me lo tenía que comer todo…..¡en la torre! ¡Nomás eso me faltaba!.... el caso es que al observarlo con atención (al hikurito) que le veo como un resplandor, algo parecido a su aura….¡No puede ser! Me dije, Ahora si me estoy volviendo loco, que me restriego los ojos, lo vuelvo a mirar….y el resplandor ahí seguía …. Hasta ese momento empezé a sentir un respeto, por aquella planta, era como si me hubiera hablado sin palabras y empezé a considerar la posibilidad de que efectivamente tal vez, tenía algún poder.

Al llegar la noche, yo pensé que ahora sí iba yo a dormir un poco….. ¡Qué equivocado estaba! La instrucción de Don Andrés era danzar y danzar y seguir danzando alrededor del fuego y yo, mas por miedo que por convicción, obediente que me pongo a seguir a los demás en círculos hacia la izquierda….no sé cuántas vueltas llevaba yo bailando sin parar, brincando sin parar, en medio de todo ese polvo que se levantaba con nuestros brincos….cuando algunos compañeros que traían plumas empezaron a jalar a cada uno de los que bailábamos y lo llevaban a acostar en el suelo y ahí le pasaban las plumas y le chupaban algo de alguna parte de su cuerpo, parecía como una limpia. Y así, terminaban con uno, e iban por otro, y luego por otro. A esas alturas de la danzada, yo ya estaba exhausto, no aguantaba un dolor muy, pero muy fuerte entre la espalda baja y el coxis….con la mirada me veía yo suplicando para que ya me tocara a mí, era como una mirada lastimera la mía, hasta que por fin me tocó. Después me fui a acostar a mi lugar y tampoco logré dormir aquella noche, o lo que quedaba de la noche.

Al amanecer, se me acercó mi amiga la Dra. Dora…. Primero me preguntó que como estaba yo, le dije que mas o menos, que no había dormido, que tenía hambre, ganas de bañarme, que me sentía muy sucio (Ahora entiendo que me sentía muy sucio, pero por dentro) Ella me dijo que ya se quería regresar, que por qué no nos íbamos de una vez….. una parte de mí, parecía que nomás estaba esperando eso, y otra parte, sentía que no era lo correcto, sentía cierto compromiso –según yo con Carlos- ….entonces me dije: ¡le voy a preguntar! Ni siquiera hubo necesidad de buscarlo, él solito se acercó a preguntarme que cómo estaba, y que le digo: Oye Carlos, ¿Se vale rajarse?.... El me recorrió con una mirada penetrante, y mirándome a los ojos, solo me dijo: ¿A eso veniste? Yo lo sentí como un latigazo, como una descarga eléctrica de alto voltaje….. y acto seguido dándome unas palmadas en el hombro me dijo: ¡Ya pasó lo más difícil! (Gracias Carlos por tu respuesta, puedo decir ahora)….. Entonces decidí quedarme (gracias a dios), y le dije a mi amiga Dora que me quedaba a terminar, ella se despidió de mí, me dejó alguna botanita que le quedaba y se regresó. Hoy me doy cuenta, cuántas cosas en la vida, yo las empezaba y nomás las dejaba a medias.

Por la tarde nos trasladamos a casa de Doña Cele….y yo ya no soportaba mis propios olores, así que muy presuroso saqué una muda de ropa y empecé a pedir chance primero en una casa, luego en otra, para poder bañarme….ya me valía andar como pordiosero (con dinero), mendingando un baño. ¿Cuánto me cobra por prestarme su baño para bañarme? decía…. -en aquel tiempo, ni idea tenía yo lo que aquella gente valoraba el agua ante tanta escasez-. Fueron como dos o tres casas que se negaron (ya me imagino el aspecto que traía), hasta que en una casa me dieron chance -nomás le puedo dar una cubeta de agua me dijo el señor de la casa -sí muchas gracias- le dije. A pesar de que nunca antes me había alcanzado con tan solo una cubeta, disfruté tanto esa agua cayendo sobre mi cuerpo y el bienestar que me estaba dando que le ofrecí un billete de $100.00 al señor de aquella bendita casa, dinero que no me aceptó a pesar de mi insistencia…. Mi mente materialista no entendía cómo es que no me aceptaba aquel dinero, si a leguas se notaba que vivían precariamente…. Ese día mi cuerpo y mi corazón aprendieron lo que vale verdaderamente el agua y su poder de sanación….nunca antes había yo valorado tanto el agua que sale nomás al abrir la llave. Me sentía grande, lleno, limpio…..¡Qué poquito me iba a durar el gusto!

Cuando me vió Luis Miguel que me había bañado, me dijo todo exhaltado: ¡Pero cómo se te ocurrió bañarte! ¿Qué tiene de malo? –pregunté-, ¡No ves que tenemos que conservar la energía!..... ¡Ya la cagaste! ¡A ver cómo te va ahora! Yo sentí como un dardo, una bala que inundaba todo mi cuerpo, era una sensación como si se me fuera a ir la vida. Así me sentía, con un pánico que me llenaba todo el cuerpo, cuando me topo con Pablo, papá del pajarito, un profesor de barba de Veracruz -que recientemente en Catemaco, saludé y agradecí por todo aquello- como me había inspirado confianza, me le acerco y le digo que me sentía muy mal, con mucho miedo y que no sabía qué hacer. Él me contestó: yo también tengo miedo, acompáñame –me dijo-, sacó un libro grueso y me empezó a leer unas palabras tan bonitas ( “…Jesús es mi pastor y nada me faltará…”), que empecé a llorar y me sentí reconfortado, mas tranquilo.


Mas tarde y luego de tomar un caldito de verduras delicioso, me vino el impulso de estar solo y me fui a recostar en un arbolito que estaba al fondo del patio de la casa de doña Cele. Ahí mirando aquella noche con esas estrellas tan relucientes, vino a mi mente el recuerdo de aquel sueño que había tenido yo días antes de emprender este viaje. En aquel sueño: “Me encontraba bailando en el salón del IMSS en Xalapa, cuando de repente entra un gigante, de aspecto como de vikingo, de barba, alto y bien ponchado, de paso lento pero firme. ¡Córrele Julio, que ahí viene! -Me gritaba todo desesperado mi amigo Rafael- ¿pero quién viene? -le pregunto todo desconcertado- No sé, pero córrele porque ahí viene. Y me le pego a correr y ya íbamos de huida, cuando justo llegando a la puerta, me pregunto: ¿Y cuánto tiempo más voy a seguir corriendo?....que me armo de valor, me volteo y mirándolo a los ojos, le digo a aquel gigante: ¡Voy a confiar en ti! Y a cada paso que daba avanzando hacia él, yo le repetía ¡Voy a confiar en ti!... hasta que estando enfrente de él, nos fundimos en un abrazototote bien fuerte, acompañado de un grito de dolor, que mas bien parecía alarido, aullido, y lágrimas y más lágrimas en mis ojos….(Fin del sueño)

Entonces, al recordar mi sueño, aunado a las experiencias de esos primeros tres días, y al estar contemplando como nunca antes lo había hecho, aquel cielo, aquella noche, aquellas estrellas y aquella luna tan llenas de vida, sentí algo en mi pecho que las palabras no alcanzan a describir esas sensaciones tan maravillosas, ese cobijo tan llenador…. Alguien me había dicho el día anterior: Mira callado –en esos días era el que menos hablaba así que me pusieron el callado- ¡tú espíritu te trajo hasta aquí!.... aunque tú no entiendas nada. Para alguien tan incrédulo como yo, esas palabras empezaban a admitir la posibilidad de una aproximación a tal aseveración…. ¡Me sentí tan completo, tan vivo! Como si todas las vivencias de aquellos treinta y tres años de vida, hubieran sido una preparación para lo que yo estaba viviendo en esos momentos…. Era como si ese preciso instante hubiera estado esperando por mí durante todo el tiempo que llevaba de vida…. Todo eso aderezado con dos canciones que ¡cómo recuerdo!... “la del chuchumbé” y “la de la vecina”…. ¡Ah, qué algarabía!, o como dijo la última vez mi hermanito el Abad-solo: ¡que bonito es lo bonito!

Fotografía: Marcelino / Juan Acosta Urquidi

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