La raza I



LA RAZA
UN ROSTRO FIRME Y UN SABIO CORAZÓN

Todo lo que es verdadero tiene raíz,
y dicen que no es verdadero lo que no tiene raíz
¿Eres tu verdadero?
¡Que tu corazón se enderece!

Nezahualcóyotl.


Para el fuego de sabiduría,
siempre encendido en nuestros corazones.


La raza es un rostro un corazón, la raza es de bronce, de Tonatiuh, el calor que nos da la luz, pertenecemos a la raza del Sol

Raza, raíz, rostro, corazón, agua, tierra, viento, fuego, flores, canto, danza y estrellas; todo ello cuerpo de Madre Tierra/Universo, sinónimo de hermanos de las estrellas, sinónimo de fecundación y vida.

La raza hija del Dador de Vida, pertenece a la fuerza de Tloque Nahuaque, aquel que está cerca y junto de todo, pertenece a Moyocoyatzin el que siempre se inventa a sí mismo. Las raíz de todo lo que existe se llama Yohualli Ehecatl noche/viento.

Un espejo horadado, un espejo sin imagen, por donde puedo mirar al otro, es el espejo del rostro de la raza; un corazón que no se sacrifica sino que se comparte, ese es el gran corazón de la raza.

Ella es nuestra casa, nuestro paraíso, la casa que dejaron nuestros abuelos, la bóveda de los soles de otras épocas, a esa casa, a ese paraíso ancestral le llamaron Tamoanchan.

En Tamoanchan existen habitaciones llenas de flores, de cantos, habitaciones donde se danza, se cuentan las leyendas y se sostiene la cuenta de los tiempos, todo queda grabado en hermosas pinturas.

La raza nació y se escribió allá en Tamoanchan, en la casa de los libros donde cantan los dadores de vida.

Está escrita con palabras floridas, con cantos preciosos.

Allá en nuestra casa antigua, la raza fue sembrada con semilla de maíz. Somos hijos del maíz, nuestro sustento. Nuestro pensamiento, nuestra fuerza y nuestra poesía se escriben con maíz, y nuestros muertos se convierten en las rosas de la tierra, en flores de luz como el cempoaxóchitl y los “no me olvides”.

Las palabras de nuestros abuelos sabían embellecer el corazón de la raza. La raza es una abuela que da a luz, que da la vida y la conciencia para sus hijos, es la que no distingue entre la noche o el día, todo lo provee por igual. Es la surtidora de la vida misma, de sus manos nacen flores, cántaros de agua, comales encendidos llenos de tortillas, tamalis y atolis, elíxires medicinales y cantos que arrullan nuestra nostalgia.

La raza, nuestra raíz, canta en la milpa y se sostiene con la fuerza de sus volcanes cubiertos con blancos rebozos.

La admiramos en los paisajes de José María Velasco, en las voces de sus poetas Nezahualcóyotl, Sor Juana, López Velarde, Octavio Paz, Carlos Pellicer. En la música de Moncayo, en los murales de Diego Rivera, en la fortaleza y el dolor de Frida… La raza palpita fuerte y se pasea por Xochimilco; danza los doce de diciembre en el Tepeyac, le canta a sus difuntos, a sus ánimas benditas, y también corre como venado por el desierto. Se aparece en el momento menos pensado como Tláloc con la lluvia, como Huehuetéotl con el fuego, como Tlazoltéotl como purificadora y generadora del amor. O nos espía desde el silencio de las monumentales cabezas Olmecas. Nos dice aquí estoy desde sus pirámides y ríos, desde los mares, con el paseo de las golondrinas de junio y las mariposas peregrinas. La raza se tropieza a nuestro paso vestida de ahuehuete o ceiba, la fuerza de sus raíces siempre tendrán algo que decirnos…

El sabio corazón de la raza, huele a tierra húmeda recién besada por la lluvia. Es una serpiente estelar, que desciende y asciende cada día, para convivir con el águila, el colibrí y el jaguar.

A través de una rendija, esa serpiente nos espía y recoge el lenguaje de las estrellas, nos dice cómo debemos vivir, cómo debemos soñar y cómo debemos morir.

La raza somos tú y yo, herederos de un rostro y de un corazón.

La raza tiene una raíz que nace del fondo de la misma tierra, y crece con las aguas de los cielos. Tiene su palabra y su forma de hablarle a sus hijos, he aquí lo que ella dice, he aquí una de sus tantas palabras, palabras de la raza abuela…:

“Camina por estas palabras, ve por ellas, como el niño que gatea hasta alcanzar la base del árbol y ponerse en pie. Ve por ellas libremente y permite que vayan justo al lugar de tu interior, al río que corre silencioso dentro de ti. Llévalas contigo, úsalas, dales un canto, una danza, un momento de silencio. Dales tu aire, tu fuerza y alegría.

”Hijo mío, date ánimo. Recuerda que sólo un rato aquí, sólo por un corto tiempo. Cualquier día puede llegar tu palo, tu piedra, tu enfermedad…Busca lo que es tu sustento, para el bien de tu vida. No des descanso a tu frente, a tu espalda; no arrojes detrás de ti tu calzado, tu carreta, tu morral, no des reposo a tus manos, a tus pies; no condesciendas a tu rostro, a tu corazón, a tus hombros a tu espalda. Si así obras, si accedes a tu rostro, a tu corazón, ¿cómo estarás de pie? ¿Cómo vivirás al lado de la gente, junto a las personas? ¿Qué rostro tendrás para te miren? y ¿cómo mirarás a los demás, a las cosas? ¿Cómo vivirán para ti?

”Porque honrar a la gente te enaltece; el trabajo y el servicio te enaltece. Y respeta a las personas, habla bien con ellas; no vivas enfrente, o sobre ellas; honra a tu semejantes y míralos con tu corazón, de esa manera serás amado, serás obedecido.

”Es bueno, es conveniente, que cuando algo te sea recomendado, luego con tranquilidad escuches, luego, tranquilamente responderás si acaso puedes hacerlo, o si acaso no es posible, no mentirás a las personas; sólo lo recto, sólo lo verdadero dirás. Si siempre así lo haces serás amado.

”Aquel por quien se vive, te resguardará, te protegerá, para que bien estén tu rostro y tu corazón. No te preocupes por ellos, no te aflijas por el sustento, por el agua que has de tomar… Porque tu corazón bien sabe, que el Dador de Vida al traerte al mundo te dio toda su protección, al nacer, al vivir en la tierra. Esta son mis palabras que acerco a tu mano, a tu pie, a tu pecho, a tu cabeza, a tu corazón, a tu cuerpo. ¡Esfuérzate, hijo mío!”


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