¡Viva España!



Se acerca el bicentenario de la Independencia de México. Dentro de un año, probablemente no se hablará de otra cosa que de festejos y homenajes, próceres, héroes. Hace un año, un acto terrorista opacó tales fechas y apesadumbró a todos aquellos que aún conservan, quién sabe cómo, un poco de optimismo.

Sé que yo no solucionaré los problemas de México ni siquiera creo poder a través de unas cuantas palabras concientizar a alguien. Esa labor de atribuirle poderes mágicos a las arengas y a los discursos se los dejo a los políticos y a los ideólogos de la superación personal. Yo con comer un plato de pozole estoy servido.

Nunca he tenido suficientes ánimos para alzar la voz a la mitad de un foro, ya que ni en sordina me atrevo a echar una alocución por la patria, pero quisiera cortar del trauma histórico de la Conquista un gajo de dos palabras nomás: Viva España.

Como muchos niños aprendí a odiar a Hernán Cortés. Porque nos conquistó, nos trajo enfermedades, acabó con nuestra cultura y etc. Luego, como se comprende la inexistencia de los Reyes Magos, comprendí que ante la historia somos ciegos describiendo un elefante. Pero también entendí que si hablamos español, si somos católicos o ateos católicos (es decir, ateos por culpa del catolicismo), y si no tenemos labrada la cara, no tenemos derecho a creernos indígenas ni conquistados, mucho menos a guardar un rencor hacia los españoles, ya que, como escribió Vasconcelos, ser antiespañol es ser antimexicano.

He ahí el problema, pareciera que disfrutamos haciéndonos las víctimas y al despreciar a los conquistadores nos despreciamos a nosotros mismos. Yo creo que este desprecio por nuestra hispanidad es lo que otros han llamado complejo de inferioridad del mexicano.
Yo tampoco apreciaba mi hispanidad. Pero poco a poco, leyendo las noblezas del Cid, las triquiñuelas de la Celestina y del Lazarillo, los lúcidos discursos del Quijote, las oscuras noches místicas, las soledades gongorinas y las tristes reflexiones conceptistas. ¿Cómo no iba a amar a España?

Se podría cuestionar, ¿en verdad España está en la literatura española? ¿No es España el gallego, el andaluz, el vasco, el aragonés, el valenciano, el balear, el catalán, el leonés, el canario, en suma una gran complejidad de Españas? Sí, sólo que yo entiendo por literatura española hasta la que no se escribe en español. Y sé también que España está en las otras artes y en las otras expresiones culturales y en un territorio físico que no conozco, aunque a mí el que me importa es el territorio espiritual. Tal vez yo no amo a España ni amo a México, sólo amo el español, al cual nunca le diré castellano, por cierto.

Sé que es una locura conmoverme por las palabras, por los sonidos, por el seseo sibilante. Sin embargo, no veo más raza que el idioma, no creo en otra patria que la lengua, sé que habito un rinconcito del lenguaje, en un piso hispánico, y aprecio tanto este habitable lugar de la lengua española que sería capaz de gritar en plena Plaza de la Constitución, la mera noche del 15 de septiembre del 2010: ¡Viva España, hijos de algo! Aunque después tuviera que echarme a correr.

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