Niña de la sierra, niño de la sierra


Niña de la sierra, niño de la sierra, ¡qué re buenas bromas les gusta gastar, y entre broma y broma, siempre nos invitan a jugar!. Abre la garganta, dicen, su canto la tierra y las estrellas que se bordaron entonces de murciélago, escuchan... Escuchan sus hilos luminosos el relato del abuelo, de la abuela que hoy dice así:

Érase una vez un pequeño pueblo escondido en las montañas, un pueblo llave, un pueblo Yave, un pueblo ¡ya ve!, único e igual a cualquier pueblo, invitador a caminarlo, paso a paso, sus piedras, sus calles, sus flores, sus casas, su gente, su agua, si rio -io, io, iooo- cuna de mariposa serpiente, sus árboles y árbolas, en fin, todo él, o toda ella, una puerta al misterio.

En esta ocasión, en este relato, este misterio se presentó en este pueblo justo como una serpiente, como una serpiente de nube que podía tomar muchas formas, pero por ahora dejémosla así, de la nación de las nubes y del trueno. Había diferentes opiniones, unos la describían como una serpiente con plumas, otros como una serpiente voladora, y no faltaba quién dijera que era una serpiente que se arrastraba cuan larga era, para sentir el latido de su madre, Lum, y que ese roce hacía que se le encendiera hasta el tuétano, ¡Xiuh! y entonces toda su agua ha ha ha, entrara en ebullición y la hiciera volar arrastrada por Ix viento, todo esto por obra de un tal Kanil Ek.

El caso es que ese día, justamente ese día, o tal vez esa noche, la serpiente, que quería volar, no pudo levantar el vuelo. Dudó, dudó de su esencia transformadora, se miró en un espejo, se fijó en el reflejo que éste le devolvía, quedó como atrapada, hipnotizada, ensimismada; se sintió separada de todo y de todos. Pero ¡rayos y centellas!, ¿cómo iba a poder realizar así un viaje que tenía por delante? La esperaban en otro pueblo, muy lejos muy cerca de ahí, otro pueblo llave, pequeño, en medio de un jardín donde crece la rosita sagrada. Pero adormilada, desguansada, deprimida, pues, todo le costaba un gran esfuerzo: estaba su conciencia rota en mil pedazos, entre la risa incontenible, el llanto desbordado y el sueño, no podía ya ni cantar, ni sentir el latido, ni escuchar... y mucho menos volar.

Y quien sabe por qué azares, una palomita que volaba alrededor de la luz que nunca se apaga, se dio cuenta del estado catatónico en que estaba sumida su amiga y decidió ayudarla. Y fue precisamente a buscar a Rosita, la niña, para avisarle lo que sucedía. En cuanto llegó Rosita, supo lo que tenía que hacer para sacar a la serpiente de dicho estado: simplemente saltar, saltar como niña que era, saltar y saltar alto, cada vez más alto, hasta que alcanzara a ver el mar. Y una vez visto, gritar el nombre de la serpiente, llamarle su alma, ¡Lumxiuhaikanilek!, ¡Lumxiuhaikanilek! -que así se llamaba nuestra amiga- y tocar las nubes, desatar una fina lluvia que despertara sus sentidos.

Y fue así como sucedió. La pequeña gran Rosita alcanzó el cielo, tocó las nubes y las gotas de lluvia cayeron suavemente mojando el cuerpo de la tierra, el cuerpo de la serpiente, que empezó a sentirlas, a sentir... a escucharlas, a escuchar su eco resonando, reverberando en el universo y en su corazón a un tiempo. Y así, ya bien despierta, se presentó de nuevo ante el asombro del misterio lista para su viaje.

Luego contó que en su dormir soñó con una santa cachetiza marca llorarás que le acomodaba un famoso personaje de cuyo nombre no pudo acordarse, y que a cada cachetada, se le revelaban sutiles aromas de Una maravillosa esencia: cosas así como la infinitud del universo, la luminosidad de las células, el instante fugaz del no tiempo, historias de amor, pues!

Total que para no hacer este cuento más largo, la serpiente, después de agradecer, se arrastró y luego voló de la sierra a la tierra de la rosita. Y sí, ahí estaban Rosita y Paulita y Faviancillo y Lupillo y muchos más niños y niñas la estaban esperando, el pequeño niño sol, la niña maíz, los niños pájaro, la niña madre, el niño agua, los cuates, todos la esperaban con los ojos grandotes de sonrisas. También los papás y mamás y los abuelos y abuelas la esperaban... La recibieron con rica comida, un caldo de ratita ofrecida para terminar de dar fuerza a su amiga. Una vez bien comida y agradecida por el gesto y por cada gesto, derramó bendiciones gotas de lluvia en esa tierra pródiga y se llevó a los niños a dar una vuelta en su lomo hasta el cerro de enfrente, cuna del sol. Al regreso y antes de partir, a la pregunta de los niños de en dónde vivía, contestó:

"¿Qué dónde vivo?, mi casa es tu corazón, mi corazón, mi casa, un sólo corazón; tu camino es mi camino y las huellas son las huellas del cazador que se caza a sí mismo, el cazador que se encuentra feliz y contento en el camino". Y con estas palabras de despedida fue como emprendió el camino de regreso a casa, feliz y contenta de sentir su casa en cada palmo de la piel del universo.

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