Nacawé


Con doble bastón, palos del desierto, chuecos, viejos y poderosos, entra la abuela Nacawé al círculo de oración...su mirada penetra con ojos de azules cielos antiguos...cuánto polvo y rostro de piedra surcan sus arrugas...ella nos mira desde más allá de lo que podamos penetrar en el misterio, nos mira y camina lenta...pausada. Florecitas del desierto cuelgan de sus viejas y empolvadas trenzas...camina, camina muy despacio, como caparazón hechizo de vieja tortuga, de abuela Nacawe que nos conoce a todos...mmmmmhhh

Camina...se sienta y se adentran sus ojos en el corazón encendido del rubí, Tatevari, corona de fuego azul. Con un gran suspiro contempla la flecha de nuestros rezos, una flecha nueva, pacificadora, llena de esperanza, hermandad e inocencia. Una flecha fuego, donde la flores cumplen su misión bendita de expandir los gratos aromas de un nuevo tiempo...

Nacawe nos mira, nos presiente, suspira al fuego, a la flecha cantadora y se deshace de nuevo en polvo para suspirar de nuevo al viento, para suspirar de nuevo, desde siempre... con el eco bendito de su hijo Venado.

Tatutsima

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