Kayapó: El encuentro


Antonio Briceño Linares nació en Caracas, Venezuela, el 5 de diciembre de 1966, es licenciado en Biología de la Universidad Central de Venezuela.

Desde hace más de 10 años ha investigado los Dioses de América en distintos escenarios de sus extraoridinarios parajes, en un intento por encontrarse con los espíritus ancestrales vivos de los pueblos que aún hoy los custodian.

Hasta el momento su proyecto, aún en desarrollo, ha incluido a los pueblos Huichol (México), Kuna (Panamá), Kogui y Wiwa (Colombia), Quero (Perú), Kayapó (Brasil), Wayuu, Piaroa, Pemón y Ye´Kuana (Venezuela)

En la siguiente narración relata uno de sus encuentros con el pueblo Kayapó.
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Desde el corazón del mundo

Marabá, Brasil, 28 de agosto de 2006

Mis queridos todos:

Finalmente regreso a este mundo extraño. Ha sido un viaje magnífico, que ahora está por terminar.

Este trabajo con los Kayapó fue particularmente complicado. Para trabajar con indígenas, en Brasil, se necesitan unos permisos casi inconseguibles. También tenía que pagarles a los Kayapó un montón de dólares, y gastar otros miles en pasajes de avión: siete vuelos fueron necesarios para llegar desde Caracas hasta la comunidad e A´Ukre.

Después de una interminable serie de preparativos, llegué a la comunidad de A´Ukre el 9 de agosto. Un vuelo de una hora en microavioneta, que atravesaba ese infinito verde de selva amazónica, aterrizó en una franja de tierra roja en medio de la selva.

Nunca olvidaré el recibimiento. Al salir de la avioneta estaba toda la comunidad alrededor. Toda la gente, hombres y mujeres, con sus caras y cuerpos pintados de negro, con unos diseños exquisitos, intrincados y llenos de detalles, como la selva. Todos me miraban, con esas miradas insólitas, era llegar a otro mundo, un poco fascinante, un poco intimidante.

Quien primero se me acercó fue Bepnhoti, el cacique con el que había tenido contacto, el más joven de los tres caciques, el que habla mejor portugués. Me dio la bienvenida y entre todos me ayudaron a llevar mi gran cantidad de equipaje a la casa del proyecto de Conservation International, en donde ahora vive Laura Zanotti, una antropóloga joven que está haciendo su tesis doctoral.

Los Kayapó son guerreros, conocidos por sus peleas y su dignidad. Apenas dejé las cosas en la casa y me dijeron que fuera a la Casa de los Guerreros -o casa de los hombres- en donde me esperaban todos los hombres para que hablara de mi proyecto y de mis intenciones. Era duro, me sentía pequeño, en medio de toda esa gente que me miraba y esperaba mis explicaciones, en un precario portuñol. Estaba tan nervioso que empecé a hablarles de mi proyecto Dioses de América y preferí darles las fotos para que las vieran mientras hablaba. Les expliqué las razones de mi proyecto y que quería hacer fotos de ellos para representar algunos de sus personajes mitológicos. Les dije que iba a pagar a la comunidad como habíamos acordado y que si podíamos hacer un libro sobre la fiesta, sería una maravilla. Les dije que llevaba más de diez años esperando ir a conocer a los famosos Kayapó...

Luego de oírme y ver las fotos, Bepnhoti me dijo que ellos me habían estado esperando. Que la comunidad estaba muy contenta con mi visita, que ellos nunca habían esperado esa oportunidad, y que todos iban a colaborar para que pudiera hacer las fotos de la fiesta. Me dijo que iban a comenzar todos los preparativos de la fiesta, que mis fotos eran muy interesantes, pues cada cultura tiene sus costumbres, pero que ahora es que yo iba a ver la verdadera belleza.

Luego los dos caciques mayores hablaron en Kayapó, me dieron la bienvenida y me dijeron que todo iba a salir bien, que la gente toda iba a colaborar conmigo, que estaban contentos de tenerme allí. Mientras ellos hablaban, yo veía a todos alrededor, que miraban mis fotos y me miraban a mí, todos en bermudas occidentales, pero sin camisas, con los cuerpos y las caras pintadas, con sus miradas de guerreros. Que sensación tan insólita.

Laura fue mi gran apoyo, pues me ayudó todo el tiempo y cuando era necesario fue mi intérprete. Al terminar esa bienvenida, me llevó al río, muy cercano. En el camino me dijo que lo primero que tenía que aprender a decir era "Meikum re", una expresión que quiere decir todo lo bueno, desde "gracias" hasta todo bien, saludo, etc. Antes de llegar al río, una anciana risueña me agarró la mano y le dijo a Laura que después de bañarme fuera a pintarme: estaba feo para su gusto.

Entré al río como en estado de alucinación. El agua, lentamente, me hacía saber que sí, que efectivamente estaba allí después de tantos meses de parto y tantos años esperando ir allá. Esa tarde me pintaron y luego, a las 5, hubo una primera danza increíble en torno a la casa de los guerreros, que está en el centro de una gran plaza a cuyo alrededor están las casas. La danza comenzó con los hombres, reunidos y cantando con una voz gruesa y poderosa. Luego, de cada lado del pueblo, salió un grupo de mujeres. Para la danza estaban sin camisa, y mostraban sus increíbles diseños de pintura. Los Kayapó son los indígenas más hermosos que he visto. Son muy altos, con porte de guerreros y con un afición extrema por la estética y el arreglo corporal.

Siempre están pintados, las mujeres con la parte central del cráneo rapado y siempre, todos, con pulseras y collares de mostacillas.

Esa tarde, mientras se ocultaba el sol, salía una inmensa luna llena.

La fiesta que estaba comenzando es la ceremonia de Bemp, es una ceremonia para poner nombre importante a ciertos niños. Iba a durar como 15 días. Esos primeros tres días hubo danzas muy bellas. La primera fue de todos, al día siguiente de las mujeres, al otro la de los hombres. Poco tiempo después salieron casi todos los hombres de la comunidad a una expedición de pesca que duró una semana. Yo estaba impaciente, pues nunca había certeza de cuando sería la fiesta final. Todas las danzas previas eran nada comparadas con la gran fiesta final, que ocurriría tres días después que regresaran los hombres de pescar. Sólo que nadie sabía cuándo regresarían, pues dependía de que tuvieran suficiente pesca para la fiesta. Un día le comenté a Bepnhoti que estaba impaciente, pues faltaba una semana, y me dijo que una semana era mucho menos que 10 años.

Pero esos días de espera fueron buenos para familiarizarme con todos los que se quedaron, con la comunidad, para aprender algunas cosas y palabras, para ver su vida cotidiana, que básicamente consiste en bañarse y hacer otras cosas en el intermedio: tres veces al día, por lo menos, van al río todas las familias a bañarse.

Los días pasaron, los hombres llegaron y la fiesta fue ocurriendo, con sus múltiples ritos y ceremonias, cada vez más exhuberantes y coloridos.

El miércoles era el día final, la ceremonia esperada, al final de la cual tendrían nuevo nombre los 4 niños para los que se hizo la fiesta. Yo estaba ansioso, un poco exhausto de tanta expectativa y de trabajo, pues en los últimos días había danzas y ceremonias a cada rato. Y toda la espera, toda la fiesta, era para esa tarde. Al atardecer comenzaría el "baile de las guacamayas", que danzarían toda la noche para que, al amanecer, los niños recibieran sus nombres.

Y cuando el sol estaba más dorado, comenzaron a aparecer desde todos los rincones de la comunidad los danzantes, que iban a reunirse en las dos casas contiguas en donde estaban los 4 niños. Era insólita la vestimenta, el colorido. No había un centímetro de sus cuerpos sin decoración. Las pinturas corporales para esta fiesta eran las más perfectas, filigranas simétricas que los vestían de la cara a los pies, en ese color negro azulado. En sus caras y pies, además, la decoración la completaba el rojo del onoto. Tenían múltiples collares y pulseras de mostacillas, y grandes zarcillos, brazaletes y tocados de plumas de guacamayas. Era increíble tanta belleza. Pero además, caminaban con una solemnidad desconcertante, iban lentamente, como príncipes y princesas, serios, pausados y se iban reuniendo en ambas casas. Afuera, en la plaza, los otros hombres y mujeres que no danzarían se reunían haciendo otros ritos paralelos. Hasta que llegó el momento.

Sobre un gran círculo demarcado en el piso de la plaza, se colocaron los 40 danzantes, en fila. Bajo dos grandes techados de palmera estaban sentados los 4 niños. Estos estaban completamente recubiertos de plumas de perico y loro, eran como los pichones.

Entonces los danzantes comenzaron a patear rítmicamente el suelo, el sonido de sus sonajas, atadas a los pies, era cada vez más fuerte. Hasta que el primero de la fila abrió sus alas plenas de plumas y comenzó a avanzar, simulando el grito de las guacamayas, seguido por los demás. Así avanzaban, se detenían, comenzaban a sonajear y arrancaban de nuevo. Las guacamayas del pueblo gritaban también, como queriendo juntarse al grupo de danzantes, que batían sus alas mientras el sol rojizo se fue ocultando.

Bailaron toda la noche, mientras desde sus respectivos lugares los otros hombres y mujeres cantaban de tanto en tanto con unas voces de selva indescriptibles.

Al amanecer, los danzantes, llegado el momento, se detuvieron, se voltearon hacia las casas de los niños y súbitamente, salieron corriendo gritando a todo color hacia éstas. Entonces quedó todo en silencio, y en ambas casas, las ancianas dieron los nombres a los niños-periquitos.

Poco después terminó todo; yo escasamente tuve tiempo de empacar rápido, pues a las 9 nos llevaría la avioneta de regreso al mundo éste. Me fui de mala gana. Los caciques me dijeron que estaban tristes de que me fuera. Unos días antes, un señor medio peleón me había dicho que toda la comunidad gustaba de mí, que en cada casa había café, azúcar, harina, algo que yo había pagado. Pues a los pocos días de mi llegada, tres avionetas aterrizaron llevando comida que se compró para todos con mi dinero. Ahora los caciques me pedían que volviera, que no los olvide.

Estoy cansado, es verdad. De tanto calor y frío, de tanto polvo, de no comer frutas, de tanta expectativa, de los infinitos trámites e incertidumbres que implicó este trabajo. Pero la realidad es que me está costando mucho irme, que aún estoy atrapado en esa comunidad de rostros generosos y miradas directas; qué sólo quiero decir ¡meikum re! y mi piel quisiera estar pintada para siempre; que pasará mucho tiempo antes de que mis oídos olviden el canto profundo de los hombres y mujeres guacamaya, desde el corazón del mundo.

Pronto nos vemos

¡Saude!

Antonio Briceño

2 comentarios:

  1. sebastian gaviria ramirezs says

    interesante su reportaje me sirvio bastante como referente para mi exposicion sobre los kayapo gracias y me hizo apegarme tambien a esta tribu porque un gusto mio son las guacamayas y veo q estos tambien se identifican con ellas un gran saludo compañero alguna cosa me gustaria tener imagenes sobre esas tribus q visito aqui esta mi correo "sebas.ventura@hotmail.com" desde colombia un saludo grande y muchas gracias de nuevo


    LILI says

    Que bendición haber estado ahí.