Raramuri II



Nosotros continuamos dándole honor a Tata Rioshi en nuestra manera de vivir. Damos gracias por todas las bondades que Él nos da y tratamos de vivir serenamente el uno con el otro y con todo lo que vive. Nuestra manera de vivir es tranquila y cariñosa. Nunca discutimos sobre la religión porque la religión es una cosa muy íntima entre la persona y su Creador. Nosotros entendemos que cada vereda es sagrada. Cada colina, montaña, valle, desierto, río, bosque y árbol es una parte de la amorosa creación de Onorúame.

Los pasos de nuestros bailes resuenan al pulso de la música y entonamos la vida entera, tristeza y alegría, en danzas de matachines. Nuestras huellas cuentan historias de las vidas que pisaron la tierra en tiempos olvidados. Ellos hablan del amor de nuestras madres y de sus niños jugando con palillos y guijarrillos.

Nuestros niños nos pertenecen a todos y se sienten en casa en todas nuestras casas. Su familia incluye muchos hermanos, hermanas, madres, padres, tíos, tías, abuelos y abuelas. Los niños saben que no están solos y hasta los ancianos saben que sus vidas avanzan en círculo completo de la aurora hasta el anochecer. Cuando nuestros niños hacen algún mal no les alzamos la voz ni les causamos dolor con nuestras manos. Su único castigo es nuestro silencio total; nos rehusamos a conversar con ellos hasta que ellos piden perdón por su mal. De tal manera que ellos aprenden pronto que son responsables por su bienestar y por el bienestar de otros.

A nosotros nos conocen como gente tranquila y cuando nos preguntan lo que quiere decir nuestro silencio la respuesta es: estamos escuchando a Tata Rioshi, su voz sólo se oye en una actitud de silencio humilde. Y cuando nos preguntan qué nos da ese silencio, nuestra respuesta es: amor, humildad, esperanza y alegría.

Nuestras raíces alcanzan las profundidades de las barrancas. No podemos causarle daño a nuestra Madre la Tierra, sin causarnos daño también. Si necesitamos algo de ella para sobrevivir, también le tenemos que dar algo de vuelta. Ambos somos amigos y compañeros y debemos bailar y tocar música reverente.

La gente destroza la cara de la tierra. Por eso Onorúame, a veces se pone triste y nosotros le tenemos que bailar el matachín para darle alegría y buen humor.

Sabemos que cuando nos olvidamos de bailar, nuestros corazones se alejan de la naturaleza, nuestros sentimientos se endurecen y perdemos reverencia y respeto para todo lo que vive. Nosotros no podemos cortar una flor, porque ella también tiene derecho de vivir tanto como nosotros. Nuestros bailes, canciones y oraciones dan más fuerza a nuestros pensamientos y sentimientos más finos y nos traen más cerca del círculo eterno de Onorúame. Aquí, en el círculo eterno nuestras vidas se fijan de nuevo en la armonía firme de los cuatro puntos cardinales. Estamos afinados a los cuatro elementos. Nuestro camino interno nos lleva a la sabiduría, amor, paz y meditación.

Si el baile de la vida llega a parar, nuestros amigos y parientes bailarán y cantarán para alegrar nuestra alma en su despedida. Tres o cuatro días de música les quitará el dolor de la despedida, porque pronto llegaremos al Orión, uno de los tres pisos del cielo y recordaremos la música que cantamos y las danzas que bailamos. Una vez bailamos con capullos de mariposa amarrados a nuestros tobillos; sus sonidos de retintín continuarán resonando con el movimiento de las estrellas, porque nacimos del capullo: la matriz de nuestra Madre la Tierra. Cuando muramos volaremos suavemente entre nuestros cariños y amistades para despedirnos.

Nuestras alas bailarán una danza de alegría y tristeza, mientras que nos elevamos para finalmente volar en una espiral hacia el cielo: la meta de nuestro nuevo hogar en las estrellas de Orión.

Tu hermano Raramuri

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