Cosecha en Metepec


La ceremonia se celebró en un saloncito cerrado donde el humo del copal se quedaba quieto mucho rato haciéndonos toser hasta que le abrían una puerta. Las mujeres vistieron el altar con venaditos y flores bordados a mano, trabajos que hicieron durante el año y ahora, pegados a la misma manta, parecían parcelas de colores. El arco florido lució las ofrendas, tortillitas de maíz hechas a mano. Los niños y niñas, mazorcas primicias, sobre el altar se presentaron. Una caña de Wirikuta se apostó como testigo. Al pie del altar una batea de barro forjada por alfareros de Metepec. Acá la gente de maíz es artesana. Los caseros llenaron la batea de maíz rojo. Se veía muy bonita. Ahí pararon las trece velas de cera de abeja. Alrededor de la batea, trece platitos también de barro. Frente al altar se puso la cruz de maíz: rojo, amarillo, negro y blanco, como lo aprendimos en estos años, como nos enseñan los formadores.

Se invocó al abuelo fuego en sahumerio y veladoras. Se pusieron las ofrendas sobre paliacates rojos. Los saludos invitando a los señores guardianes y a las señoras del cielo, a cuatro rumbos se hicieron. Se les llamó por sus nombres, sagrado canto heredado en voz y vida del hombre y de la mujer cantores que transitan el desierto, la montaña y avenidas de la ciudad hoy en día. Los ves llegar con su atuendo de huichol o campesino. Los ves ponerse a la mesa con sus mejores vestidos, bañaditos, ya benditos, contentos de haber venido. Los ves derramar la cera como sudor derretida con el fuego de sus nombres, ¡santo sudario de abejas que nos narras cómo el hombre puede volverse venado entregándose en la Ofrenda!

Compartimos los tamales y el atole, carne y sangre de la tierra bendecida por los dioses dice el canto. Repartimos tequila, mezcal y ponche de granada para brindar por la fiesta del elote, al estilo de los matlazincas. Dicen que hace mucho tiempo, los pobladores de por acá ponían el maíz de la cosecha extendido sobre una enorme red. Un joven y casto varón se acostaba en mero en medio de la red, entre las mazorcas coloridas. Lo cubrían de maíz y daban vuela a red, como formando un tamal, apachurrando al mancebo. Si resistía, tendrían un buen gobernante. Si moría, su sangre bañaba la cosecha y sería un buen guardián.

El rojo del maíz brillaba con la luz de las velas encendidas, como un laguito de sangre de la tierra. El cantador cantó narrando. El sueño cobró su cuota a ratos. Cuando los señores invitados, las diosas y dioses tuvieron sueño, nos fuimos a dormir.

Al día siguiente nos metimos al ombligo de la parcela, le dimos de comer las ofrendas y cantos a la tierra, cosechamos, almorzamos tamales y atole otra vez y dimos gracias.

Faustino Ortega

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