Cosecha en la Matriz Cósmica




Desde la oscuridad primigenia, desde el mar de energía donde todo se conjunta y se expande, desde la matriz-ombligo la semilla se levanta, se presenta y se da la vida como la semilla lo hace. Se levanta el altar, la mesa se pone y las ofrendas son presentadas.

Contenido en los niños, en el tambor-corazón de la tierra y en el abuelo fuego que guía y remite hacia el misterio del origen-presente se emprende la ceremonia. La flecha surca, el canto va formando el mundo y en el viaje hacia el origen se ofrenda-recuerda a aquellos que nos dan la vida, al venado luminoso y entregado, a los ancestros renacidos, ora viento, ora agua, ora montaña, ora manantial, ora espiga, ora palabra, ora tierra, ora madre, ora hermano, ora espejo, ora maíz, ora abeja, ora uxa, ora amarillo, ora azul, ora flor de cempasuchil, ora perfume, ora hikuri, ora danza, ora chocolate, ora braza, ora humo de copal, ora fuego solar, ora abuela luz. Se celebra la vida y como único requisito para participar en la fiesta se requiere corazón y confianza para recibir lo que venga como una bendición, como un destino manifiesto e irrefutable.

Desde la percepción condicionada y el ego exaltado, confundido, se trata de defender lo indefendible, se da cuenta que la palabra no surge espontaneamente, el canto es discordante y se queda anudado en la garganta y la soltura no es completa, el relajarse en la luz se vuelve también un vaiven, un oleaje suave, una violenta sacudida que amorosamente sana, limpia, disuelve las “minúsculas ganancias” particulares y egóicas, si es preciso con dolor; siempre con amor, si se alinea con el origen, con calor, con una caricia luminosa, con poesía que surge de las flores que no se marchitan. Y a pesar de los atores personales la fiesta continúa, la energía se manifiesta, se expande y envuelve a todos, los presentes, los despiertos, los renuentes. Como fiel reflejo magnificado de lo que es el misterio continuamente. Las apariencias sólo son vistas desde el deseo y la fijeza de dar las cosas por sentado. Sin embargo se puede reconocer al padre, al sanguineo, al solar, al eterno... y el abuelo brilla de contento. Puede comenzar el baile, pueden ser presentados los niños a todas las direcciones, guardianes y dioses. La vida se gesta y el nacimiento se anuncia con la coronación. Se bendice en la luz y se une el corazón a la flecha que sigue mantieniendo el sueño del ancestro.

En el Bernalejo se agradece y se reitera el compromiso, se confirman los votos y la bendición desciende, y aún el acto de constricción y autoflagelación es trascendido por los corazones enlazados en la luz y en el intento amoroso de familia.

Es preciso terminar el ascenso al centro del universo a entregar las ofrendas y presentarse renacidos en la cima-origen del mundo. Se agradece a los dioses y se reza por todo el amor que nos es brindado en sus múltiples facetas y formas, incluso en lo que no se puede ver como tal. El canto fluye, los hermanos-espejo se reconocen en la luz y la vida se renueva, se renace en consciencia.

Replicar el amor-energía recibidos a donde quiera que se vaya.
Intentar no “distraerse” ni olvidarse quién es el padre, quién es la madre, de donde venimos y hacia donde volveremos, siempre cobijados por la luz de la abuela.

Sergio Salvador Nalihuame

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